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OPINION

Los tres Alberto: diálogo, enojo y ahora dispersión

Las etapas que fue atravesando el Presidente desde su asunción al poder desnudan involuciones alarmantes astidia escuchar de vuelta un chiste cuyo remate ya todos conocemos. Pero se padece todavía más si el que se repite es un chiste pésimo.

Los tres Alberto: diálogo, enojo y ahora dispersión

Hay un escenario aún peor: que el chiste no sea chiste y que apenas sea un intento de ironizar sobre la hace rato desestimada denuncia judicial por “envenenamiento” que hiciera Elisa Carrió contra Alberto Fernández y las autoridades sanitarias cuando la vacuna Sputnik V todavía no había recibido el conforme de la comunidad científica internacional. De hecho, en Europa no se suministra y ni siquiera se permite el ingreso a ese continente de aquellos turistas que ya recibieron el antídoto ruso contra el Covid. Lo que no quita que en la Argentina se inocule esa vacuna en parte de la población y sean mínimas las anomalías reportadas por quienes ya recibimos al menos la primera dosis.

El sonsonete, repetido una y otra vez por el Presidente, y que volvió a sonar en la semana que pasó, intenta responsabilizar no solo a toda la oposición de la decisión personal de una sola dirigente política, sino también a millones de personas que no votaron por el oficialismo, a las que también se las suele acusar genéricamente de “antivacunas” pese a que cuando son convocadas se acercan a los centros vacunatorios con mayor entusiasmo que dosis disponibles, especialmente del tan escaso segundo componente del instituto Gamaleya, que esperemos que empiece en los próximos días a llegar desde Rusia en mayor cantidad y a producirse aquí en un número suficiente como para completar el esquema original que hablaba en un principio de 21 días entre la primera y la segunda aplicación. Ya hay seis millones de personas en condiciones de recibirla.

Sin embargo, en las últimas horas, altos funcionarios del Gobierno empezaron a abrir el paraguas con la hipótesis en estudio, también en otros países, de mezclar vacunas de distintas marcas. Al mismo tiempo comenzaron a enarbolar la teoría de que “la vacuna no vence”, versión que pone en duda un aviso oficial al repetir por un lado ese concepto y que “no tienen tiempo máximo” y acto seguido afirmar que “la segunda dosis prolonga la duración”. La pregunta crucial que surge es: ¿cómo prolongar la duración de algo que al mismo tiempo se asegura que no vence?

El corto gubernamental implora “seamos claros”, paradójicamente. Y lo repite el jefe de Gabinete. “Para el 31 de diciembre –dijo Santiago Cafiero– me imagino una Argentina toda vacunada”. La vocación de este gobierno por las predicciones no se amilana ni siquiera con el récord de yerros acumulados en la materia.

Alberto Fernández no para de hablar. Son una continuidad de eventos sin respiro ni días de descanso (ni para él ni para los demás). Hoy mismo al mediodía encabezará un acto en el CCK en homenaje a las 92.000 víctimas que hasta ahora se ha cobrado el virus en la Argentina, el puesto N° 11 en cantidad de fallecidos por Covid, a nivel mundial.

Es hora de catalogar las tres épocas bien diferenciadas que el jefe del Estado viene atravesando desde su llegada al poder:

#Presidente consensual (primera etapa): al principio repetía que venía a cerrar la grieta. Muchos le creyeron porque era el punto clave de la promesa preelectoral: “Volver mejores”, lo que facilitó la amalgama entre peronistas no kirchneristas, como buscaban aparentar el propio mandatario y Sergio Massa, y el extremo ultra-K, representado por Cristina y Máximo Kirchner.

Fernández soñaba con respaldarse en una supuesta liga de gobernadores (que no llegó a entrar en acción nunca) y ser el ecuánime fiel de la balanza que equilibraría las cargas de la muy heterodoxa coalición que lo llevó a la Casa Rosada. Al anunciar las primeras cuarentenas junto a Axel Kicillof y a Horacio Rodríguez Larreta, procuraba representar la nueva era de diálogo y colaboración con administraciones de distinto signo. En las encuestas de opinión, su imagen favorable no parecía tener techo.

#Presidente cristinizado (segunda etapa): a partir de la fallida estatización de la cerealera Vicentin y de la liberación de presos con la excusa del Covid, la prosa amable y ecuménica presidencial se fue resintiendo, en coincidencia con un mayor protagonismo de la vicepresidenta y el avance de sus propias huestes hacia puestos claves del Gobierno. Fernández dejó de hacer equilibrio entre moderados y duros, y se fue mimetizando cada vez más con las posiciones de su mentora, haciendo suyos los enemigos de aquella (Macri, los medios, Larreta, el campo, la oposición, la Justicia, etc.).

#Presidente blooper (tercera y actual etapa): tras la radicalización de su discurso, desde hace un tiempo protagoniza un frenesí de declaraciones vacuas en las que abundan actos fallidos y lapsus, accidentes lingüísticos y semánticos que denotan a un mandatario más fatigado y desvaído. Acaso, desilusionado.

Por Pablo Sirvén

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