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OPINION

Jovina Luna: un ejemplo gigante a mirar seguido

El recuerdo de la hermana de Hermindo Luna, el soldado que fue asesinado por guerrilleros en la década del 70, durante el gobierno democrático de Isabel Perón

Jovina Luna, con el entonces secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj (derecha).

María Fernanda Araujo, presidenta de la Asociación de Familiares de los Caídos en Malvinas, me avisó el viernes próximo pasado ya casi a medianoche que Jovina Luna había fallecido, fue primero el coronavirus y luego una complicación en el hospital los que pudieron con ella.

Conocí a Jovina en mi rol de secretario de Derechos Humanos, llegó de la mano de Pedro Güiraldes quien fue un factor de diálogo importantísimo para destrabar obstáculos que permitieran iniciar el exitoso Proyecto Humanitario de Malvinas que tanta paz y calma trajo a muchas familias argentinas.

 Jovina tenía enojo e indignación, y así lo había hecho público por la inclusión de los nombres en el Monumento del Parque de la Memoria que recuerda a las víctimas de la represión de Estado, de quienes atacaron el Regimiento 29 de Formosa el 5 de octubre de 1975, bajo el Gobierno de Isabel Perón y asesinaron a su hermano Hermindo junto a otros 12 compañeros.

Las respuesta nunca fueron suficientes a tanto dolor e indignación. La Argentina, su política y su justicia ausente tantas veces deja diálogos inconclusos y construye espacios negros y vacíos impedida de ver el daño y el dolor de su gente.

“No me interesa el dinero, no es eso lo que busco, mi hermano y sus compañeros murieron defendiendo la democracia, eran soldados en el servicio militar obligatorio, y tenían esa responsabilidad”. Esa postura en Jovina nunca se modificó.

Su reclamo jamás fue irreverente ni prepotente. Hizo del diálogo y la paciencia su carta de presentación. Fue una mujer íntegra.

No la rodeaba ninguna bandera ideológica, no la sostenía ningún aparato político. No la inspiraba el fanatismo ciego ni alentaba venganza alguna.

Siempre persiguió la justicia y forjó una lucha incansable para honrar con amor a su hermano.

Me dio su confianza y respeto. Generamos una relación sana y genuina. Sus mensajes invocaban a Dios y hablaban siempre de esperanza.

No bastaron los argumentos de la justicia explicando por qué los nombres de los guerrilleros montoneros involucrados en el ataque estaban en el monumento que se alza en el Parque de la Memoria. Es que por la intromisión permanente de la política todo se vuelve dudoso y confuso de explicar, incluso aquello que está bien. Son las consecuencias trágicas de un pasado terrible donde el Estado fue asesino cuando debería haber sido otra cosa, el garante de la ley, la justicia y la paz y de una sociedad que no supo hasta ahora procesar en el diálogo maduro, sincero y sin fanatismos lo que ella mismo generó.

Jovina insistió en su búsqueda.

Me uní desde mi rol con convicción personal a ella porque sentí que era justo y necesario.

Fueron años difíciles no sin obstáculos de la burocracia, la indiferencia incluso de propios y las críticas feroces de muchos.

Fui a Formosa a los actos de homenaje del 5 de octubre siendo el primer secretario de Derechos Humanos en hacerlo sin que haya sido grata mi presencia para las autoridades del gobierno local. Estuve allí con el Jefe del Ejército Teniente General Claudio Pasqualini también el primero en regresar a Formosa tras más de una década. Una clara señal de trabajo en conjunto que le hace bien a la democracia

Me reuní varias veces con Jovina y logramos, finalmente ya en el fin del Gobierno que integré, el decreto presidencial que honra a los soldados caídos en el ataque al Regimiento 29. Los diputado Ricardo Buryaile y Mario Arce fueron importantes en la gestión.

Me fui de la gestión y seguí cada tanto en contacto. Pasaron 18 meses y no logró que el decreto se cumpliera. No recibió respuesta.

Me dio mucha tristeza saber de su muerte. Ninguna de las 89.000 muertes por la desgracia del Covid me son indiferentes como argentino, pero a Jovina la traté, la conocí y la quise.

Con ella, que ya estará junto a su hermano abrazada, se fue una luchadora.

A nosotros nos queda el legado de su constancia, de pelea respetuosa, de amante de la justicia, de motivadora y de alguien que piensa la Argentina para todos sin egoísmos ni exclusiones. Es un ejemplo gigante a mirar seguido.

Hace tiempo escribí que los argentinos necesitamos una Plaza de la Buena Memoria donde todos, en absoluta libertad, podamos encontrarnos y reconocernos para evocar, honrar y sanar tantas heridas que nuestro país tiene. Sigo creyendo que hace falta.

El día que sea realidad, será un buen lugar también para pensar en Jovina Luna y su lucha y honrarla.

Que así sea. Descansa en paz querida Jovina.

(Infobae)

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