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opinion

Basta, Alberto

Afectado por un síndrome cuyo síntoma dominante es una incontinencia verbal, el Presidente va por los medios de comunicación dejando su inconsciente a la intemperie
El hashtag #BastaAlberto devino trending topic y arrasó en las redes. Una explosión de memes sobrevino tras la malhadada intervención presidencial frente al Presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, de visita oficial por el país.
La cita de Alberto Fernández, quien echó mano a Octavio Paz para terminar aludiendo a una zamba de Litto Nebbia, desencadenó una desopilante seguidilla de chanzas, acertijos y ocurrencias en orden a reversionar el disparate albertista. Una catarsis colectiva en un escenario de tragedia.
En síntesis: la imaginación popular agarró al Presidente para la chacota. Como quien tiene un ataque de risa en un velorio, influencers, youtubers, imitadores, trolls, tuiteros e instagramers de toda laya aprovecharon el derrape para hacerse una panzada. Una descarga de ironía y humor nac and pop para sobrellevar un tiempo de pesadilla.
Quien también encaró el despiste con memorable displicencia fue Jair Bolsonaro. Alberto lo hizo. Logró alinear a toda la prensa de Brasil tras el inefable Presidente de ese país.
Convertido en una suerte de causa nacional se festejó en todos los medios la ocurrente respuesta de levantar a sus cuentas una foto en la que se lo ve en dulce montón con orgullosos representantes de los pueblos originarios. Toda gente que ha bajado de algún lugar que no es precisamente Europa, pero incluida y celebrada por la diversidad que caracteriza a los brasileños.
Una sola palabra sirvió al bueno de Bolsonaro para mofarse de nuestro jefe de Estado: Selva. Basto y sobro. Eduardo Bolsonaro completó la faena de su padre con una frase mucho más ácida y detersiva: “El barco que se está hundiendo es Argentina”. La cita literaria de Fernández fue a pura pérdida. Hasta Anamá Ferreyra se pavoneó en las redes convocando al Presidente para charlar acerca de la historia inmigratoria de su país. Las repercusiones en los medios del mundo no tardaron en aparecer.
“El presidente argentino, Alberto Fernández, irrita todo un continente con una sola frase”, titula el diario El País de España para concluir que con la improvisada lisonja logró oscurecer la breve visita de su par español Pedro Sanchez, la primera de un dirigente europeo desde el inicio de la pandemia.
“Los brasileños salieron de la selva, Alberto Fernández ofende con un comentario”, sostuvo el New York Times en una crónica que califica la declaración como xenófoba y ofensiva.
Los denodados esfuerzos por enmendar solo lograron complicar las cosas. Vía tuit Alberto Fernández se referenció en su musa inspiradora. “Litto Nebbia sintetiza mejor que yo el sentido real de mis palabras” . Lejos de ser una disculpa, el posteo sonó a reivindicación.
La elevación de una nota a Victoria Donda, solicitando que analice si sus dichos son discriminatorios, no hizo más que empastar el desaguisado. La titular del INADI calificó de “histórico” el escrito en el que el Presidente cuestionó el “ensañamiento” de una parte de la dirigencia. Sobre llovido, mojado. La culpa es del otro.
Nadie parece atribuir a Alberto, al menos en estas pampas, una manifiesta mala intención. Ni siquiera se sospecha ánimo discriminatorio. Más bien se condena esa innecesaria tendencia a acomodar su discurso al interlocutor del momento. Esa capacidad para sostener una posición un día y contradecirse al siguiente. Lo que preocupa es el desvarío.

Es raro lo que pasa. El Presidente ha comenzado a decir con desusada frecuencia cosas curiosas, extravagantes y desde ya inconvenientes y, lo que es aún más preocupante, casi siempre contradictorias con el voluminoso archivo que respalda su curriculum vitae. Afectado por un síndrome cuyo síntoma dominante es una incontinencia verbal, va de medio en medio dejando su inconsciente a la intemperie. Preocupa.
El Presidente desconoce de manera absoluta la necesidad de enmarcar sus dichos dentro de una estrategia comunicacional. Aparece convencido de no necesitar del concurso de voceros o asesores y se corta solo confiando en su capacidad de comunicar. Fiel a este estilo se mete en tremendos berenjenales.
Al compás de estos convencimientos la palabra oficial se devalúa día a día, la imagen presidencial se deteriora y las relaciones internacionales entran en una zona de curiosa degradación.
“Para Maduro y Alberto Fernández no hay vacunas”, declaró entre risas Bolsonaro luego de explicar que el dislate del argentino le trajo a la memoria la escena en la que el Venezolano presentó ante la multitud el sobrevuelo de un pajarito como una reencarnación del difunto Hugo Chávez.
Estas ironía fueron aún anteriores a los hechos que generaron una nota protesta de la Cancillería peruana por el saludo al “Presidente electo” de Perú Pedro Castillo cuando aún no había concluido el recuento de votos en un electrizante final del balotaje.
Pero hay algo aún peor en todos estos efectos colaterales de las lisonjas presidenciales. Es como que hay dos Albertos.
Uno, el que se jacta de su capacidad de diálogo y moderación, templado, pro inversiones, moderado en sus pareceres, componedor. El atildado profesor, el comandante pandemia, el que define como amigo a Horacio Rodríguez Larreta, el que busca acordar con los gremios y el empresariado y recorre el mundo capitalista repartiendo elogios y pidiendo favores. El que halaga a su interlocutor aun contradiciendo el catecismo del espacio que lo llevó al poder.
Y otro Alberto que emerge radicalizado y confrontativo, afectó a encontrar culpables para todos y cada uno de nuestros males. Más predispuesto a empuñar pico y pala para profundizar la grieta que a restañar las heridas que nos separan. Un Alberto que se autopercibe hiper K y funciona en consecuencia.
Fue este último el que esta semana se descolgó con unas consideraciones que produjeron sobresalto cuando al hablar de las tierras improductivas puso bajo cuestión el sentido último del derecho a la propiedad consagrado en nuestra sacrosanta Constitución Nacional. Todo en un marco de insustancial liviandad e imprecisión.
“No tiene sentido tener tierras improductivas cuando alguien está necesitando un terreno y menos aún guardarlo para que un hijo lo herede’’, dijo apelando al sentido solidario y sin aportar mayores detalles de lo que tiene en la cabeza en relación a este tema. Cosas que dice como al pasar, que suenan bonitas, pero espantan inversiones.

Por Mónica Gutiérrez

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