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OPINION

¿Está entrando la Argentina en una etapa no democrática?

Nuestra democracia funciona muy mal, pero no se trata de algo reciente y nadie demostró que la cosa esté empeorando.

Se multiplican las voces de alarma respecto de la salud de nuestras instituciones democráticas. Algunos consideran que la Argentina estaría deslizándose hacia una etapa semiautoritaria, caracterizada por un debilitamiento de la división de poderes, con el Judicial como principal víctima.

Otros argumentan que se estaría produciendo un cambio hacia formas autocráticas de ejercicio del poder, similares a las de otros países de la región y del mundo: se mantendrían algunas formalidades, pero en la práctica imperaría una combinación de discrecionalidad y arbitrariedades típicas de las viejas monarquías absolutistas. Más: las visiones extremas afirman que estamos camino a convertirnos en la “segunda Venezuela” o la “tercera Cuba”, fruto de una conspiración castro-chavista que se habría infiltrado en segmentos influyentes de la coalición oficialista.

¿Está el sistema político argentino efectivamente en crisis? ¿Somos, tal vez no plenamente conscientes, testigos y protagonistas de otra frustrante reversión hacia un régimen no democrático? ¿Cuáles serían los indicadores concretos que corroborarían estas hipótesis? ¿Cuándo comenzó exactamente este supuesto quiebre en nuestro país?

La preocupación por la sustentabilidad, la robustez y la calidad de la democracia es un clásico de la ciencia política contemporánea. Existe una profusa e interesantísima literatura sobre el tema, impulsada entre otros por el legendario politólogo Juan Linz (autor de La quiebra de la democracia y de otras obras en colaboración con Alfred Stepan). Alguno de sus principales discípulos, como Guillermo O’Donnell o Arturo Valenzuela (que publicó El quiebre de la democracia en Chile 5 años después del golpe de Pinochet) dedicaron su vida al estudio de esta cuestión. Otros especialistas, como Laurence Whitehead, Phillipe Schmitter, Larry Diamond y Adam Pzeworski, realizaron aportes extraordinarios sobre todo relacionados con las transiciones del autoritarismo a la democracia. En 2018, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron How Democracies Die, el libro que mejor captura la conmoción en el campo intelectual frente a la irrupción del fenómeno Trump. Otra voz destacable es la del joven Yascha Mounk (The People vs. Democracy: Why Our Freedom Is in Danger and How to Save It). Y no puede soslayarse el señero artículo (1997) de Fareed Zakaria en Foreign Affairs titulado “The Rise of Illiberal Democracy”.

En gran medida, el desarrollo reciente de la ciencia política está dominado por el debate en torno a la democracia. Todo este interés es sumamente oportuno y valioso, sobre todo para comprender las profundas dificultades que atravesamos en la región y en la Argentina. La democracia requiere que estemos permanentemente atentos a su funcionamiento, ocupados en mejorar los mecanismos de representación, control y transparencia. La experiencia histórica y el conocimiento acumulado sugieren que ningún sistema está del todo consolidado: como dijo Ronald Reagan, “la libertad siempre está a una generación de extinguirse”.

Es imprescindible un proceso de deliberación penetrante y plural que ponga la mira en los principales temas de la agenda pública, sin temor a revisar cuestiones polémicas sobre las que haya controversias. Intercambiando opiniones y escuchando distintos pareceres es posible avanzar en el desafío permanente de mejorar la calidad institucional con enmiendas parciales o cambios más significativos que moldeen las reglas en función de la evolución de las principales demandas de la sociedad, ratificando y profundizando los valores y principios comunes que nos definen como nación.

En este sentido, necesitamos muchos más debates que serán como de costumbre acalorados, a veces exagerados, desorganizados, un tanto caóticos, pero que nos permitirán comprender las preferencias subyacentes y los principales vectores ideológicos que movilizan y nutren nuestro acervo en materia de cultura política. A algunos les parecerán anacrónicos, a otros disparatados y muchos no se interesarán demasiado, absorbidos por la presión por subsistir en un entorno tan complejo e injusto. Pero de esto se trata también la democracia.

Quiero compartir mi opinión de forma clara: nuestra democracia funciona muy mal, sobreviven enclaves autoritarios, pero no se trata de un fenómeno reciente y empíricamente nadie demostró que la cosa esté empeorando. La Argentina viene sufriendo una crisis político-institucional muy severa desde hace tiempo, que explica la decadencia económica que vivimos desde hace décadas y el desastre en términos sociales que tenemos hoy. Destruimos riqueza, fuentes de innovación y motores del desarrollo. Frustramos vocaciones y proyectos asociativos que en otros países encuentran condiciones favorables para prosperar.

Formamos profesionales y líderes que hace tiempo prefieren anclar sus proyectos de vida en otras latitudes. Aman al país, pero para ellos la Argentina es, como dijo Luppi en Martín (Hache), una trampa. Nuestro aparato estatal es incapaz de brindar bienes públicos esenciales. Carecemos de moneda y de recursos para garantizar la defensa de la Nación y la seguridad ciudadana.

Somos ciudadanos imaginarios de un país que en teoría nos brinda infinidad de derechos, pero que en la práctica no asegura un piso mínimo de inclusión e igualdad de oportunidades, a pesar (o tal vez como resultado) de un gasto público descomunal. La calidad de nuestro liderazgo es generalmente patética: enfrascados en el cortísimo plazo, por sus obsesiones y veleidades, desatienden cuestiones estratégicas e ignoran elementos básicos de economía política doméstica e internacional, incluidas las principales cuestiones de la agenda global: un problema extremadamente serio y con consecuencias nefastas y palpables, pero de ninguna manera novedoso.

Las alarmas por el estado actual de decrepitud del sistema político, aunque tardías, son una excelente noticia: contribuyen a mejorar nuestra comprensión del verdadero desastre que debemos remontar. ¿Cuáles son las cuestiones más trascendentes? Lo esencial es invisible a los ojos. Muchos se estremecen ahora por las consecuencias potenciales de los cambios que se debaten en el Ministerio Público. Por supuesto que es un tema relevante. Pero si por alguna razón se frustraran, la democracia argentina seguiría en una crisis muy aguda.

Siempre tendremos una multiplicidad de temas que nos aturdirán en el día a día, con el riesgo de que nos impidan enfatizar la catastrófica situación en la que está inmerso el país. El desafío es mucho más complejo y profundo: necesitamos dialogar y buscar acercamientos respecto de los principales mecanismos organizadores de la experiencia humana: qué capitalismo, qué Estado y qué democracia queremos y podemos tener.

Nunca discutimos civilizadamente estas cuestiones de forma sistemática e integral. Tampoco fuimos capaces de actualizar ese debate en función de las oportunidades y los desafíos del mundo actual. Nuestra decadencia continuará en caída libre si no alcanzamos esos consensos básicos, que son mucho más abarcadores que esos 5 o 10 puntos a los que algunos limitan la agenda sobre “políticas de Estado”.

¿De qué puede servir esa agenda si arrastramos una crisis de representación desde hace décadas, la economía es una catástrofe y el Estado requiere una reinvención total? Sin política ni Estado, no divaguemos con “políticas de Estado”.

Nunca es tarde para comenzar a hacer lo correcto. Pero es necesario ir a fondo, aunque resulte incómodo y doloroso. La política ha sido el principal problema del país, incluso antes de esta inconclusa y contradictoria transición a la democracia. Nos quedan cuestiones medulares por resolver.

Entre ellas, debemos aprender a diferenciar las personas de los problemas; los problemas de las realidades, y las causas de las consecuencias.

Por Sergio Borensztein

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