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OPINION

La Tierra no es plana, pero tampoco kirchnerista

El uso político que un sector del Gobierno le otorga al mapa global en función de sus intereses domésticos.

Alberto Fernández, presidente de la Nación Argentina

Toda política internacional es para el kirchnerismo sobre todo una instancia de la política doméstica. Ya no sólo en el sentido de un uso coyuntural de la gira internacional como herramienta para licuar conflictos partidarios o nacionales, recuperar legitimidad y reconstruir poder: a esa intencionalidad del viaje del presidente Alberto Fernández por Europa la semana pasada se le suma otra.

No sólo hay en el kirchnerismo una voluntad decidida por apelar a un uso político del pasado y de los datos del presente; también se da ahora el uso político del mapa global y sus debates en función de la confirmación de los intereses políticos locales. Se trata de una miopía ideológica militante, ejercida con intención y voluntad, que convierte al mundo en espejo confirmatorio de las certezas kirchneristas que corren, en muchos casos, a contrapelo de la evidencia que ese mundo ofrece y de los ejemplos que la historia internacional proporciona.

Biden, sus políticas económicas y la interpretación interesada por parte del binomio presidencial. Israel y los bombardeos de Hammas. La crisis de la pandemia y los números internacionales. México y la versión de izquierda de un López Obrador de derecha. Venezuela como no-dictadura. Latinoamérica, su política y el lawfare como ordenador de la utopía política que desatiende las precisiones de cada país.

El sesgo de la gestión kirchnerista para analizar los procesos globales y su preferencia por adosarle interpretaciones autóctonas a mecanismos sociales, políticos y económicos ajenos no es accidente sino programa. El mundo exterior es el stock al que recurrir para zanjar y dirimir guerras locales. Paradojas, cuanto más se cita al mundo, más lejos queda ese mundo en el cuarto kirchnerismo.

Ese sesgo sostenido acarrea inconvenientes claves. El problema de reducir el mundo al alcance corto de los ojos peronistas y sobre todo kirchneristas es tensar relaciones internacionales innecesariamente y muy especialmente, hacer diagnósticos anacrónicos o equivocados del funcionamiento de las cosas en busca de evidencia internacional que corrobore los desaciertos patrios. Una suerte de terraplanismo político en el que el mundo se quiere confirmación de la visión sesgada de los problemas argentinos.

El mundo es un pañuelo y las iniciales que lleva bordadas son las de un conjunto muy acotado de conceptos de corto alcance con el que el kirchnerismo pretende interpretar el universo. Ajuste versus justicia social. Un escenario sanitario de mano dura como única salida a la crisis argentina del covid. Pueblo subsidiado versus ricos egoístas. Un orden mundial de expoliadores capitalistas de vacunas y dólares, en una versión remozada de patria sí, colonia no. El lawfare como la gramática de la puja por el poder.

La Patria Grande y la constitución del

Hay un PRO que cree en el lawfare y queda en Chile. Se trata del Partido Progresista fundado por Marco Enríquez Ominami, el amigo chileno del kirchnerismo y sobre todo, de Alberto Fernández. Ominami es uno de las figuras claves en la creación del Grupo de Puebla y en su país, atraviesa un proceso judicial que considera injusto.

En ese punto, el uso intencionado de la política exterior por parte de Fernández alcanzó otra instancia en Chile a raíz del caso Ominami: ya no simplemente el juego de datos y declaraciones para sesgar lecturas de episodios internacionales y llevar agua al molino político propio en la Argentina sino la intervención decidida del presidente en un proceso judicial de otro país con el objetivo de reforzar una lectura interesada, la de la guerra judicial o lawfare, uno de los excesos interpretativos más cuestionados entre los que adhiere el kirchnerismo.

El dato es éste: el lunes de la semana pasada, el PRO chileno publicó en su web oficial un información sobre Alberto Fernández que indica que el presidente argentino “en su calidad de abogado”, dice el comunicado, se presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) como “amicus curiae” y aportó un “análisis jurídico” de la situación de Ominami, cuyos derechos políticos están violados según Fernández.

El comunicado de PRO incluye afirmaciones de Fernández del mes de febrero en alusión a ese documento y el caso de Ominami. “Hace siete años que está siendo procesado, investigado e involucrado en una causa penal por una investigación que afecta a alguien que fue su asesor, ni siquiera a él”, sostuvo Fernández en la cita escogida por PRO.

La desmesura de esta movida es que un presidente extranjero se inmiscuye en un proceso judicial a partir de los márgenes que le otorga el lawfare regional como interpretación.

Fuentes irreprochables e independientes de Chile aclaran la cuestión: lejos de ser perjudicado en los procesos que se le sigue, Ominami ha sido ampliamente beneficiado.

En el caso en que se lo investigaba por delito tributarios, en el marco del financiamiento de su campaña presidencial, Ominami, como otros políticos de diversos partidos político en Chile, quedaron sobreseídos por un tecnicismo. En la medida en que el órgano que investiga ese tipo de delitos, el Servicio de Impuestos Internos chileno no inició una “querella nominativa”, es decir, no lo investigó a él sino a su asesor clave, Cristián Warner, será éste el que deberá enfrentar el proceso judicial y sus consecuencias. El debate en Chile es cómo la clase política toda se benefició con ese tecnicismo y no el lawfare que perjudicaría a Ominami.

El lawfare funciona para el Grupo de Puebla como el eje de una constitución de la Patria Grande, es el territorio común en el que se encuentran esos ciudadanos privilegiados, los expresidentes de corte populista en América Latina. El lawfare le da sentido a esa supuesta comunidad internacional.

El Grupo de Puebla es en sí mismo una prueba de la elasticidad internacional con la que analiza Fernández el mundo. El presidente de México, Manuel López Obrador, es citado entre sus integrantes, también por el presidente argentino, como una de las figuras más representativas de los que representa el Grupo de Puebla como nuevo orden latinoamericano y capitalismo alternativo. Sin embargo, expertos internacionales desmienten esa lectura.

“Absoluto”: así caracterizaba al alineamiento con la economía de mercado por parte de AMLO la respetada experta internacionalista Natalia Saltalamacchia desde México hace unos meses. “No importan las alternancias, el PRI, el PAN, o Morena, desde los años ’90 esa es una política de estado.

El compromiso absoluto con el modelo exportador librecambista, plena integración en el mercado internacional, reglas de juego económico liberal. López Obrador no cambió eso”.

De la Argentina a EE.UU., la batalla del déficit versus la inflación

La nueva simplificación kirchnerista que se extiende sobre el mundo alcanza ahora a Estados Unidos. Las políticas expansivas de apoyo social de Joe Biden en plena pandemia acarrean elogios de la vicepresidenta Cristina Fernández y sinonimias ingeniosas por parte del presidente en eso de llamarlo “Juan Domingo Biden”. Algo así como un vieron, Biden también es peronista y tenemos razón.

En esa interpretación, un plan expansivo es lo necesario y sus bondades opacan cualquier cuestionamiento.
Lo cierto es que la noticia de un aumento de la inflación en Estados Unidos, que ahora llega a 4,2%, abrieron un gran debate por estos días que complejiza necesariamente la simplificación peronizadora del kirchnerismo.

Una columna de opinión publicada por el Wall Street Journal la semana pasada despertó gran revuelo en Estados Unidos en ese sentido. La columna lleva la firma del economista argentino Christian Broda, doctor en Economía por el MIT, y de Stanley Druckenmiller, uno de los inversores más legendarios del mercado financiero. “La FED está jugado con fuego”, es el título de su columna.

El principal cuestionamiento a Biden es que está desplegando políticas de estímulo gigantescas justo cuando la economía de Estados Unidos se está recuperando a niveles históricos. La velocidad del rebote ya le estaría quitando sentido a la política de estímulos del peronista Biden y la estaría convirtiendo en un riesgo.

El mundo es un pañuelo

Esa gramática kirchnerista que busca darle sentido a un mundo exterior a medida de las necesidades del mundo interior viene teniendo momentos claves.

El periplo europeo del presidente Alberto Fernández fue prolífico en esas miopías. La declaración de cancillería en relación al bombardeo de Hamas a Israel la semana pasada resultó el ejemplo más crítico de ese mecanismo, exhibición de una comprensión peligrosamente acotada de lo que estaba en juego. Pero la pandemia viene siendo desde hace meses la burbuja perfecta para la puesta en escena del uso político que produce la narrativa internacional kirchnerista.


Por Luciana Vázquez

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