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OPINION

¿Se van del país o los expulsan?

Tres de cada cuatro argentinos consideraron irse del país.
“Es un grupo chico de argentinos bastante ricos”. En su característico estilo, el canciller Felipe Solá intentó, con esa frase, minimizar una movida creciente en los últimos meses, desde este lado del río: la intención, o la concreción, de emigrar a Uruguay.

¿Se van del país o los expulsan?
Tres de cada cuatro argentinos consideraron irse del país. “Es un grupo chico de argentinos bastante ricos”. En su característico estilo, el canciller Felipe Solá intentó, con esa frase, minimizar una movida creciente en los últimos meses, desde este lado del río: la intención, o la concreción, de emigrar a Uruguay.

Tres de cada cuatro argentinos consideraron irse del país.
“Es un grupo chico de argentinos bastante ricos”. En su característico estilo, el canciller Felipe Solá intentó, con esa frase, minimizar una movida creciente en los últimos meses, desde este lado del río: la intención, o la concreción, de emigrar a Uruguay. Y se explayó en algunas otras consideraciones, alegando que se trata de gente que “no tiene problema en vivir acá o en cualquier lado del mundo” y relacionando el deseo de instalarse en la otra orilla con una cuestión circunstancial, como la baja tasa de contagios de coronavirus en ese país.
La cuestión parece ser bastante más compleja que el planteo del ministro. Una encuesta de la UADE (Universidad Argentina de la Empresa) dada a conocer a fines del año pasado, indicaba que tres de cada cuatro argentinos pensaban o habían pensado en irse del país. Equitativa en cuanto a género, con un promedio de edad de 32 años, de nivel socioeconómico medio alto y alto, fueron encuestadas online 1.179 personas. El 75% manifestó la intención de emigrar, mientras que 55% todavía lo estaba evaluando y un 20% admitió haberlo pensando, aunque lo descartó por inviable.
Entre las razones, a la cabeza figuraron las crisis económicas recurrentes (31%), la búsqueda de mejores posibilidades en lo académico o laboral (26%), cuestiones de seguridad (19%), alta presión tributaria (11%) y motivos políticos (11%). Puestos a precisar en motivos económicos, el 23% consideró que un aumento en la alícuota del impuesto a las Ganancias reforzaría su decisión de partir, seguido, en un 20% , por un impuesto a la compraventa de moneda extranjera. No hace falta recordar los indicadores de la economía, el súper cepo, los hechos de inseguridad rampante, o las declaraciones del jefe de Gabinete Santiago Cafiero explicando que una toma de tierras sólo es ilegal y puede ser desalojada si se define a partir de una sentencia judicial firme, para comprobar cómo muchas de las preocupaciones mencionadas por los encuestados han empeorado hoy. Por dar un ejemplo, una nota de Clarín mostró días atrás cómo la canasta básica familiar de pobreza se acerca cada vez más al mínimo no imponible de Ganancias: el impuesto se empieza a pagar a partir de ingresos reales cada vez más bajos. A agosto, la canasta básica familiar representaba el 62,2% del mínimo no imponible. Unos años atrás esa relación era del 40%.
Antes del informe de la UADE, el Randstad Workmonitor, elaborado por la consultora internacional Randstad en todo el mundo entre personas de 18 a 65 años, señalaba que en el tercer trimestre de 2019, el 84% de los argentinos con trabajo estaba dispuesto a emigrar para mejorar su futuro profesional. A nivel global, un 64% consideraba dejar su tierra para probar suerte en otro lado. Entre los argentinos, el 76% estaba dispuesto a emigrar “por un salario sustancialmente más alto”, y el 71% para tener “una carrera laboral significativa”. España, Estados Unidos y Australia figuraban a la cabeza de los destinos anhelados. La CEO de Randstad admitía que la oficina estaba recibiendo más consultas que un año atrás. Por entonces se estimaba en un millón el número de argentinos residiendo en el exterior.
Hoy, la tendencia a buscar el futuro fronteras afuera crece, y se trasluce en redes sociales, en consultas a sitios que nuclean a argentinos en el exterior. Claro que en pandemia, con restricciones fronterizas en la mayoría de esos países y con la complicación para hacer los trámites, la concreción del anhelo se ve dificultada. Pero ese no es el punto: puedan irse o no, lo grave es que quieran hacerlo. No sirve que se queden sintiéndose rehenes de un país que los expulsa, frustrados, sin esperanzas ni horizontes, escuchando a un Presidente que descree de la cultura del mérito, en un sistema que consagra como víctimas a los victimarios, donde la inseguridad de toda índole parece ser la norma y los impuestos asfixian sin que aparezca la debida contraprestación que los compense.
Ningún exilio es gratuito; se paga un precio, siempre, por abandonar la tierra de uno. Sobre todo cuando ese abandono es consecuencia de todo lo que esa tierra no está dispuesta a brindar a sus hijos. Lo que rifa el país que lo fomenta es su futuro. Quien no quiera verlo está ciego, o niega la realidad. Decía Bertolt Brecht, “cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad”.

 

Por Silvia Fesquet