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OPINION

Venezuela arriba; Venezuela abajo

La realidad siempre es más cruda que la retórica donde los funcionarios dirimen sus internas.

Venezuela arriba; Venezuela abajo
Nicolás Maduro Moros, presidente del regimen chavista en Venezuela

La realidad siempre es más cruda que la retórica donde los funcionarios dirimen sus internas.
Debajo de Alberto Fernández, Nicolás Maduro, Cristina Kirchner, Alicia Castro y Felipe Solá está Jesús, que tiene 39 años y hace dos que llegó a la Argentina. Vino de Venezuela para vivir “en un lugar mejor”, conseguir trabajo, tratar de consolidarse y traer a su familia. Lo agarró un cambio de gobierno y una pandemia.
Es ingeniero mecánico y empezó arreglando enchufes en Buenos Aires, luego diseñó planos de circuitos eléctricos y ahora tiene un trabajo estable en una refinería de Campana. Los sábados y domingos hace changas de electricidad, carpintería o herrería. “De lo que sea trabajo, cualquier cosa señor”.
Jesús tiene que sumar para mantener tres casas. La suya en Zárate, y dos más en Venezuela: la de su pareja con sus hijos Jesusito (13) y Lionela (9) y la de sus padres, jubilados docentes que no tienen para los remedios. “Vamos paleando, señor. Paleando duro... no queda otra”.

Palear es remar.

Jesús interrumpe sus tareas sólo para dormir, comer o cuando se lo pide Lionela. “La niña a veces me demanda jugar, y entonces suspendo 20 minutos para compartir algo con ella por el teléfono”, dice. Nunca se va a dormir sin ayudar a sus hijos a hacer la tarea escolar. Algunas noches, en la pequeña casa que alquila en Zárate, se oyen risas como en Caracas.
A su familia le manda dinero por “la vía informal”. ¿Cómo funciona? Jesús le da lo que consigue ahorrar en el mes a una persona en Buenos Aires, ésta le cambia los pesos a dólares blue y al día siguiente su mujer o sus padres tienen el dinero depositado en Venezuela, en bolívares.
Acá y allá, cuando la legalidad levanta cepos cambiarios, florece el negocio clandestino. Le cobran una comisión de entre el 5 y el 10%. “Según el flujo del mercado”, le explican allí abajo. El sistema es “rápido y bastante seguro”.
Allá arriba, los presidentes y sus funcionarios dirimen sus duelos e internas en la retórica. El Gobierno argentino defendió a Venezuela en la OEA y la criticó en la ONU. Cosas del doble comando.
La embajadora designada en Rusia Alicia Castro se indignó de tal modo con la crítica que renunció a su cargo antes de asumir “por no estar de acuerdo con la política exterior”.
Castro dijo que había pospuesto su viaje a Moscú por la pandemia, pero antes había exigido que remodelaran su futura residencia allí para que le instalaran un ascensor.
Mientras ardían los fuegos de artificio -Hebe de Bonafini se sumó a las críticas al gobierno y Luis D’Elía hablaba de “Cristina y Cuba” detrás de una presunta operación para que el Presidente le “explicara” el voto condenatorio a Nicolás Maduro- el periodista Ignacio Ortelli revelaba en Clarín que Alberto Fernández había hablado el sábado con Michelle Bachelet y le había anticipado el apoyo a su lapidario informe sobre los derechos humanos en Venezuela.
Bachelet es la ex presidenta de Chile y un emblema del Partido Socialista en su país. Su informe señala “una hegemonía comunicacional que impone su propia versión de los hechos”; “graves violaciones a los derechos económicos y sociales, incluidos los derechos a la alimentación y a la salud”; “miles de personas matadas en supuestos enfrentamientos con fuerzas estatales”, “ejecuciones extrajudiciales”, “torturas o trato cruel, inhumano o degradante como la aplicación de corriente eléctrica, asfixia con bolsas de plástico, simulacros de ahogamiento, palizas, violencias sexuales y exposición a temperaturas extremas”.
Jesús ve que la cosa en la Argentina se complica. “Hay más apatía en la gente, más necesidades... creo que está más difícil”, razona.
Pero, cuando se pueda volver a viajar, ¿traerá a su familia o se volverá él a Venezuela?
No duda un instante: “Los traigo, y aquí vemos... Aún es mejor ver aquí que allá”.
Más de cuatro millones de venezolanos que salieron del país desde 2018 hacen que la retórica sea cosa de funcionarios.

 

Por Héctor Gambini