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El privilegio de ser Cristina Kirchner

El privilegio de ser Cristina Kirchner

Es un edificio viejo y ruinoso. Pertenece a la Justicia Previsional, adonde van los jubilados pobres para que los jueces le ordenen al gobierno que actualice sus salarios. Los jueces les dan la razón, pero el gobierno apela una y otra vez hasta que los expedientes llegan a la Corte Suprema . La Corte resuelve solo unos 40.000 casos de jubilados por año. Sus pasillos están saturados de esos expedientes. No hay lugar donde ponerlos. Cada tanto, aquel edificio desvencijado es clausurado por unos días para vaciarlo de papeles porque corre el riesgo de derrumbarse. Son las trampas de la burocracia que acechan a los comunes mortales, menos a Cristina Kirchner. Un juez parcial y sumiso, Ezequiel Pérez Nami, resolvió que la vicepresidenta cobrará dos jubilaciones de expresidente, la de ella y la de su marido, y un retroactivo de unos 100 millones de pesos. Nadie apelará. Los únicos que pueden hacerlo son funcionarios del Estado que le responden a ella con disciplina prusiana: la jefa de la Anses, Fernanda Raverta, y el procurador del Tesoro, Carlos Zannini, el mayor ideólogo de la izquierda cristinista y el creador intelectual de La Cámpora . Cristina, siempre verbalmente solidaria con los pobres, cobrará esas prebendas ilegales. Es plata de los jubilados, otra vez despojados. Alberto Fernández, jefe del Estado, calla. Y otorga.
Semejante privilegio coincidió con la aprobación de la ley que establece una nueva fórmula para liquidar los salarios de los jubilados. Afecta mucho más al bolsillo de estos que la fórmula que en su momento ideó el gobierno de Macri. La disputa entre el oficialismo y la oposición se centró en establecer cuál de ellos había maltratado peor a los jubilados, no sobre quién había mejorado sus vidas. Dejemos de lado el palabrerío chicanero de la política ( Máximo Kirchner mostró en su discurso sobre la nueva expoliación a los abuelos que heredó también las filias y las fobias de su madre) y aferrémonos a los irrefutables números de la economía. La fórmula del cristinismo significará un ahorro para el Estado de 98.000 millones de pesos respecto de la de Macri, según un estudio de la Fundación Ieral. Es mucho dinero. La discusión se agota, y también el relato. La excepción es, de nuevo, Cristina Kirchner, que cobrará jubilaciones y retroactivos de una Anses quebrada. Como todo sistema autoritario, la casta dirigente aprovecha los privilegios, mientras a la mayoría social más vulnerable se le niega la justicia básica.
Al sistema previsional lo quebraron Cristina y Sergio Massa , que establecieron moratorias para los que no hicieron aportes. Sumaron casi 3 millones de jubilados que no habían hecho los aportes necesarios al sistema. A esa anomalía se le agrega la insensible realidad de que más del 40 por ciento de los trabajadores están en negro. No figuran, no existen, no aportan. Otro elemento nuevo, un problema ciertamente universal, es el aumento de la expectativa de vida. La gente vive más, pero los aportantes son cada vez menos. ¿Por qué no crearon un subsidio para las personas mayores que no pueden jubilarse, pero separado de la Anses, donde deberían estar solo los jubilados que aportaron? ¿Por qué le sumaron a la Anses una carga enorme de subsidios y ayudas sociales que nada tienen que ver con los jubilados? Así, el sistema no solo está en bancarrota; también es definitivamente inviable. O, dicho de otra manera, es solo viable para Cristina.
Marcelo Mindlin, que era el accionista mayoritario de Edenor , no necesitó que nadie le dijera que debía vender la empresa eléctrica. Le bastó con leer las recientes epístolas de Cristina Kirchner y escuchar su discurso de La Plata, en el que estableció cómo será la relación entre los precios, los salarios, las tarifas y la inflación. Un regreso, en síntesis, al señorío económico de Guillermo Moreno . Justo le habían aparecido a Mindlin compradores con estrechos vínculos con el poder cristinista: el incombustible José Luis Manzano y el todoterreno Daniel Vila . Hay un tercer socio entre los compradores: Mauricio Filiberti, del que solo se sabe que es un millonario proveedor de AySA, la empresa de agua que dirige Malena Galmarini , la esposa de Massa. Manzano llegó con lo puesto de su natal Mendoza en la década del 80 a la Cámara de Diputados. Luego de la famosa frase en tiempos de Menem que se le atribuye (“robo para la corona”), se convirtió en un empresario multimillonario con inversiones en petróleo, gas, electricidad, televisión por cable y canales de televisión. Raro país en el que algunos políticos (no todos, ni mucho menos) se hacen millonarios en la función pública mientras la pobreza crece exponencialmente. Los nuevos ricos tienen los apellidos Kirchner y Manzano, por ejemplo. Vila asistió en 2019 a la presentación del libro hagiográfico de Cristina ( Sinceramente ) en la Feria del Libro y se sentó en primera fila. Lo sentaron en primera fila, según contó luego públicamente. “Yo estaba dispuesto a sentarme en cualquier lugar, pero un representante de Cristina me indicó que debía hacerlo en primera fila”, dijo Vila. Los amigos son los amigos.
Más allá de todas las especulaciones sobre esa compraventa, conviene detenerse en las cuestiones fundamentales. ¿Por qué Mindlin vendió una de las empresas eléctricas más importantes de América Latina a un precio irrisorio, que costaba diez veces más hace apenas un año y medio? Porque seguramente tiene la convicción de que el futuro será peor. Nunca ganó un peso en esa empresa, según aseguran sus voceros. Lo que ganó cuando ganó, dicen, lo invirtió. Con tarifas congeladas, volverá la desinversión. Los empresarios pueden invertir lo que ganan, pero nunca sacrificarán el resto del capital que tienen. No hay filántropos en ese mundo. La falta de inversión provocará el regreso de los cortes de luz. El autoabastecimiento energético logrado en los últimos años será pronto solo un recuerdo. La gente se enojará con las eléctricas. El Gobierno se pondrá en el rol de justiciero y aplicará millonarias multas, como si no tuviera ninguna culpa. Ese círculo interminable ya se vivió en los años cristinistas. Al final, Cristina logró el desplazamiento de Mindlin con solo una parrafada. El Presidente calla. En el universo empresario solo se habla de Cristina.
Falta otra pregunta: ¿por qué los nuevos dueños compraron Edenor si saben lo que les espera? Porque son amigos del poder y deben tener alguna garantía de que, en algún momento, ganarán mucho dinero. El kirchnerismo comenzó desplazando de las empresas de servicios públicos a los inversores extranjeros con el propósito manifiesto de crear una “burguesía nacional”; es decir, un capitalismo argentino. Cristina le dio una vuelta de tuerca, ya cuando era presidenta: los dueños del capital debían ser amigos de ellos. Ese fue el problema de Mindlin: es argentino y hace sus inversiones en el país, pero no frecuenta la intimidad del cristinismo. Conclusión: en la Argentina cristinista es imposible controlar empresas de servicios públicos o ser dueño de compañías que requieren avales o contratos del Estado sin una relación promiscua con el poder. El trecho entre esas condiciones y la corrupción es insignificante.
Massa viboreó intensamente dentro de ese acuerdo de compraventa. Su relación con Vila y Manzano es histórica. Un grupo de empresarios se reunió con Vila en 2015 para que intercediera ante Massa y este bajara su candidatura presidencial. Creían que un acuerdo de Massa con Macri significaría el fin del cristinismo. “Yo a Sergio no lo bajo”, les respondió Vila, seguro. “No sabíamos que sos el dueño de Massa”, le respondió uno de los empresarios.
Dicen que ahora Massa se propuso abandonar para siempre la política electoral y ser un hombre influyente entre las sombras del poder fáctico. No se presentará a elecciones, pero frecuentará los decisivos despachos del poder peronista. Ya se hizo cargo de la educación presidencial de Máximo Kirchner, príncipe heredero de una presunta monarquía electiva. Tal vez su ídolo escondido sea José Luís Manzano. Dinero y poder a espaldas de la sociedad.

Por Joaquín Morales Solá