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OPINION

Otro gran caso de saliva malgastada

El test de saliva para los turistas que regresan a la Ciudad es el último incordio de un año del demonio, pero en la práctica no lo va a hacer casi nadie.

El barbijo, el alcohol en gel, el parte diario de enfermos y muertos, la distancia social, no tocar nada en ningún lado, las colas en las veredas, el teletrabajo, las escuelas cerradas, los permisos para circular, los negocios a medio abrir y más, muchísimo más: tuvimos un año del demonio que trastornó cada minuto de nuestra vida cotidiana. 2020 y su pandemia serán inolvidables.

Y para despedirlo como merecía, nada mejor que sumar un último incordio: quienes tengan la suerte de irse a descansar tres o más días a más de 150 kilómetros de la Ciudad, como máximo a las 24 horas de volver deberán pasar por uno de los seis puestos habilitados por el gobierno porteño para hacerse un test de saliva de coronavirus.

Una medida a la cual no hace falta ser Nostradamus para predecirla impracticable: en un cambio de quincena circulan sólo por la ruta 2 unos 2.500 autos por hora, más que todos los test que se hicieron el jueves 10 en todo el día en los seis puestos sumados.

Si cada turista que arriba a Buenos Aires por sus múltiples ingresos fuera a dejar su saliva, la fila de autos batiría el récord Guinness del rubro (sí, hay uno: son 1.751 Subaru uno detrás de otro, reunidos el 10 de septiembre pasado y a lo largo de tres kilómetros, en Costa Mesa, California, para un evento promocional de la marca japonesa).

Además, se exige un ayuno de tres horas. Es interesante pensar cómo harán con la gente que viene en avión y que será testeada en Ezeiza desde este martes 15. ¿Les avisarán a todas las aerolíneas que ofrezcan el servicio de a bordo tres horas antes de aterrizar para que los test no den falsos positivos? Tampoco se puede usar lápiz labial ni haberse lavado los dientes en ese lapso. Detalles.

Por supuesto, la resolución generó polémica desde el día uno. Ya el martes pasado, los primeros que volvieron de la Costa tras el fin de semana largo se encontraron con largas colas y puestos colapsados (puestos que, además, atienden hasta las 20, en lugar de hacerlo las 24 horas).

El miércoles, el ministro de Salud porteño, Fernán Quirós (un funcionario respetado en general por su gestión contra la pandemia), intentó defender el procedimiento. “Iremos ajustando”, sostuvo. El mismo día, el jefe de Gabinete, Felipe Miguel, dijo que no era necesario esperar el resultado del test (demora 24 horas) para retomar las actividades habituales. Si es así, el operativo es cuestionable desde el punto de vista sanitario, ya que cualquier eventual infectado que revele el test tiene un día entero para andar contagiando libremente.

La honestidad brutal la puso el subsecretario de Atención Primaria, Ambulatoria y Sanitaria, Gabriel Battistella. Dijo: “No queremos imponer lo punitivo. No queremos ir por ese lado. Apelamos a la responsabilidad de cada uno”. Es decir, las anunciadas multas de entre $ 10.700 y $ 79.180 para quienes no se hicieran el test al volver eran eso, sólo un anuncio. Es decir, el trámite en la práctica pasa a ser voluntario. Es decir, no lo va a hacer casi nadie.

Estamos llenos de graves castigos que no se aplicarán jamás. Ahí están los recién aprobados $ 15.000 de multa por tirar colillas al piso en la calle. ¿O acaso alguien conoce a un multado por no haber levantado la caca de su perro? ¿Y por pasar un semáforo en rojo con la bici? En la Argentina las normas se cumplen porque hay consenso social (como no fumar en los restaurantes) o porque el controlador es inflexible (como las fotomultas por exceso de velocidad en la General Paz).

Si no, devienen simples enunciados, que a la larga construyen uno de nuestros peores defectos: la anomia. Nadie va a cumplir normas impracticables que hasta la autoridad admite que son puro palabrerío, lo cual habilita a que después se crea que las leyes en general se deben respetar dependiendo sólo de si uno está dispuesto a hacerlo o no.

Pero tal vez lo peor de este desatino sea que encierra un claro caso del paternalismo con que tratan a la sociedad algunos de sus gobernantes. En verdad, lo que aquí se quería era evitar una explosión de Covid tras las vacaciones de verano como pasó en Europa y alguien creyó que lo mejor era amenazar con una multa alta y un trámite kafkiano para desalentar los viajes. Y de paso pregonar que la Ciudad hacía los testeos necesarios, el gran reclamo que se le hace al Gobierno nacional. Como si fuéramos chicos.

Lo correcto, en este contexto de “pocos” casos y un agotamiento total por la cuarentena más larga del mundo, hubiera sido apelar en serio a la responsabilidad de cada uno al irse y al volver. La gente entiende cuando las cosas se explican bien y sin mentiras. Porque la verdad es que estamos grandes para malgastar saliva. Y ya demasiados lo hacen a cada rato.

Por Pablo Vaca

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