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OPINION

Todo salió mal

Improvisación y desmadre. En el país de la desmesura, el adiós al más venerado de nuestros ídolos deviene en desborde y descontrol. No es consecuencia de las emociones, ni de la profunda pena al verlo partir. Se trata de mucho más que eso.

El adiós al más venerado de nuestros ídolos deviene en desborde y descontrol

Tiene que ver con nuestros peores rasgos de identidad, con un malestar profundo que se ha instalado entre nosotros y nos impide compartir tanto alegrías como tristezas. Es, también, el precio de la incongruencia y la imprevisión de nuestra dirigencia, de la pavorosa liviandad con la que se toman ciertas decisiones. El costo inevitable frente a la recurrente negación de lo que ocurre en el mundo real.

Este jueves la Argentina despidió a su manera a Diego Armando Maradona y el Gobierno dejó atrás sin pudor ni resguardo alguno el discurso pandemial.

La temenda escena montada en la Casa Rosada bajo el impulso de una impronta emocional sumada a una irresponsable falta de planificación, convirtió la capilla ardiente en un festival enloquecido de atropello y desenfreno.

Si hubo especulación o pretendido uso político de tan irrepetible momento, resulta a esta altura irrelevante. Todo terminó saliendo mal, muy mal. Para el Gobierno la movida cursó a pura pérdida. Un boomerang enloquecido y letal cuyo verdadero impacto aún es imposible mensurar.

El repaso de las imágenes de este día diabólico solo suma perplejidad y desconcierto. El país Macondo se exhibió recargado y brutal, detonando en las pantallas a nivel global.

El Presidente baja exultante de su helicóptero y lejos de cualquier gesto de recogimiento comparte selfies con la gente agolpada tras los vallados. Él mismo se entretiene manipulando los dispositivos móviles y gestionando los encuadres. De distanciamiento social ni hablar.

Empalagados por un inesperado y gozoso protagonismo, empleados de una funeraria hacen lo propio. La imagen clandestina y siniestra que echan a rodar incluye el cuerpo inanimado de Diego Maradona prolijamente acondicionado en un cajón todavía abierto.

Solo, desprotegido, indefenso, a tiro de la rapacidad ajena. Así aparece Diego, manipulado, usado y abusado por gente sin alma en el mismo cofre que apenas una horas después deberá ser evacuado a los apurones de un salón a otro de la Rosada para ponerlo a salvo de una turba que, cuando ya todo estaba fuera de control, tomó por asalto la sede del Gobierno.

La crónica de esta jornada que pareció inspirada en escenas literarias del realismo mágico, incluye al Presidente saliendo al histórico balcón.

Tan voluntarioso y confiado en sí mismo, como cuando hace declaraciones a los medios, Alberto Fernández, intenta a viva voz contener a la multitud exasperada que se descuelga de las rejas pugnando por entrar. Una locura tan audaz como peligrosa.

Apenas minutos antes de esta postal de delirio y pesadilla, el salón funerario había sido cerrado para permitir la despedida que CFK pretendía íntima. Ella también, rosario en mano, obtuvo su foto doliente y a solas sobre el sacrosanto féretro.

Todos esperaban su momento para llorar bajo las luces del set, todos fueron amigos del Diego, todos tienen una historia para contar, un instante para recordar, todos quieren quedarse con un pedacito, con algo de lo que él supo hacer y dejar en su turbulento paso por esta vida.

Mientras todo esto ocurría en el interior de la Rosada, una multitud se apiñaba bajo el sol a la espera de su momento. Todos querían entrar pero la fiesta se estaba terminando. Los intentos de convencer a Claudia Villafañe y sus hijas de prolongar el funeral se estrellaron contra una rotunda negativa.

Con el Patio de las Palmeras ocupado por barrabravas exultantes entregados a una suerte de patético carnaval carioca, el Presidente y su Vice refugiados en sus despachos, el cuerpo de Diego trasladado de apuro a quién sabe dónde, la situación no daba para más.

En la calle la frustración dejó paso violencia. La gente también se sintió usada, defraudada. Terminó siendo un velorio para pocos del que la mayoría no pudo participar.

La llegada de CFK al despacho del Ministro del Interior, donde se dice compartieron un almuerzo, coincidió en el tiempo con el despliegue de la fase dos: encontrar a quién hacer responsable del estropicio.

Al malhadado tweet de Wado de Pedro, exigiendo a Rodríguez Larreta y Diego Santilli “que frenen esta locura que lleva adelante la Policía de la Ciudad” se sumó un comunicado oficial ubicando la responsabilidad de los temerarios errores de cálculo en la familia Maradona. El “operativo despegue” estaba en marcha.

“Me parece que hubo una acción desmedida de la Policía de la Ciudad”, dijo Alberto Fernández en orden a tomar distancia. También aseguró que dentro de Casa de Gobierno la situación “nunca estuvo fuera de control”. Según el Presidente, el problema no estuvo en la Rosada sino en la 9 de Julio. “Es incomprensible esa violencia. Pero eso en ningún modo dependió de nosotros”.

Consultado acerca de la presencia de barrabravas en la sede de Gobierno Fernández dijo: “Debimos haberlo previsto... confiamos mucho en la conciencia social”. Tarde, demasiado para lágrimas. No habrá una nueva oportunidad.

Este viernes dirigentes de la oposición presentaron una denuncia formal contra Alberto Fernández a quién acusan de violar la normas de Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio contenidas en el decreto 875/2020 dictado por el mismísimo Poder Ejecutivo que encabeza. Incumplimiento de los deberes de funcionario público, alegan.

Sostienen la presentación con el argumento de que el Jefe de Estado ha quebrantado uno de los principios fundamentales de nuestra Ley, estableciendo un doble estándar en materia de funerales y de favorecer la propagación del virus. Evento potencialmente super propagador, en el lenguaje de los infectólogos.

Cuesta imaginar cómo seguirá hacia adelante la comunicación gubernamental de aquí en más.
Generoso a la hora de sus intervenciones radiales y televisivas, el Jefe de Estado ofreció cerca de una decena de entrevistas en las últimas cuarenta y ocho horas, sale de esta escena con su credibilidad estropeada. Le costará encontrar un responsable del daño que a plena conciencia se autoinfrigió, pero más aún le costará retomar el hilo de una comunicación confiable.

 Por Mónica Gutiérrez

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