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OPINION

Una marcha que interpela a todos, sin exclusiones

Los une su oposición al Gobierno, pero sobre todo el rechazo, mucho más profundo, al cristinismo, capaz de hacerles superar las diferencias que anidan entre ellos al momento de elegir una referencia política. Cada mes, los manifestantes opositores sienten que el oficialismo les ofrece un nuevo motivo para salir a la calle. El octavo banderazo no fue la excepción, pero sumó un nuevo disparador para aumentar su bronca y sostener su convocatoria.

Una marcha que interpela  a todos, sin exclusiones
Una marcha que interpela a todos, sin exclusiones

La Corte, con su polémico fallo contra los tres jueces que incomodaron e incomodan a Cristina Kirchner, fue el catalizador este domingo de otra multitudinaria y geográficamente extensa manifestación. Una marcha que no solo conmemoró sino que buscó replicar aquel 8-N de 2012, cuando se concretó la primera protesta masiva contra el segundo gobierno de la actual vicepresidenta. Fue el preludio y la semilla de la derrota electoral del oficialismo en 2013, ante una coalición precaria. Similitudes buscadas y anheladas, a pesar de muchas diferencias.
La mayor disimilitud entre lo ocurrido 8 años atrás y ayer no es solo numérica (en desmedro de la actual marcha) ni que el deterioro económico y la angustia social sean hoy mayores. Tampoco lo son las diferencias entre el gobierno de Alberto Fernández y el de Cristina Kirchner y los sentimientos que uno y otro despierten en propios y ajenos. Los manifestantes no hacen distinciones.
El gran diferencial con 2012 radica en la existencia de una coalición opositora, que se mantiene unida y robusta, a pesar de los fracasos cuando fue Gobierno, y, sobre todo, por encima de diferencias entre sus principales dirigentes. Ni la unidad ni las divergencias son meros detalles.
No todos los que salieron a las calles se sienten hoy representados por la coalición cambiemita, aunque es indudable que han sido y son mayoritariamente votantes de ese espacio. Tanto como que, por lo general, reivindican a los sectores más duros de JxC.
Por eso, el primer dilema de la dirigencia opositora está vinculado con la intensidad de su oposición al Gobierno. La protesta de ayer, como las anteriores, implicó una reivindicación de los “halcones”. Pero no es definitoria.
Los cambiemitas moderados entienden que las expresiones más radicalizadas en las calles no representan a todos los disconformes con el Gobierno, que son o podrían ser sus votantes. Contener versus sumar sería la cuestión en términos electorales y de construcción política. Principistas versus pragmáticos, dirían otros. Las diferencias son de visión política y de perspectiva temporal. No hay consenso sobre la urgencia ni sobre la conveniencia.
Esa disyuntiva encuentra otra ramificación: las aparentes discrepancias recientes entre Fernández y Cristina Kirchner abren incógnitas sobre la consistencia y el desenlace de esas diferencias y más sobre la capacidad de JxC de agudizar esas contradicciones.
La flamante, aunque leve, mejora de la imagen presidencial, gracias al retroceso del dólar blue y el tenue repliegue del coronavirus aligeró esa última discusión entre apocalípticos y mesurados. La levedad que exhibía el Gobierno hace dos semanas alimentaba debates en Cambiemos sobre las consecuencias institucionales de un endurecimiento.
La institucionalidad es otra de las expresiones polisémicas que abren discusiones en la oposición. La blanden por igual los moderados, con Horacio Rodríguez Larreta, Martín Lousteau o María Eugenia Vidal al frente, tanto como los más duros, liderados por Mauricio Macri, Patricia Bullrich y Alfredo Cornejo. Pero difieren en el significado que le dan.
Las “palomas” miran con inquietud las posibilidades de un remixado 2001 y temen las consecuencias institucionales que podría tener. Coinciden casi todos los gobernadores de JxC.
Los “halcones” eligen advertir sobre la amenaza institucional que anida en la agenda y en las acciones de ella y sus seguidores. El fallo de la Corte agudizó la discusión y consolidó posiciones.
No son las únicas cuestiones dilemáticas. La designación del Procurador General profundiza la brecha interna tanto como un eventual llamado al diálogo por parte del Gobierno. Elisa Carrió sacudió el tablero con su propuesta de apoyar al candidato de Fernández, Daniel Rafecas, con el argumento de evitar que el cristinismo cambie las reglas de juego y nombre a un jefe de fiscales menos independiente que el actual juez federal.
Macri afirma que esa declaración pública solo acelerará los planes de Cristina Kirchner. La explicación encuentra soporte en el hecho de que complica los discretos diálogos que algunos cambiemitas mantenían con el Gobierno para obturar el avance cristinista. Sin embargo, dentro de JxC hay dirigentes que no compran la versión macrista. Allegados a Rodríguez Larreta dicen que hace meses venían proponiendo la “solución Rafecas” para evitar males mayores y que nunca tuvieron eco. Facturas amarillas.
Otro tanto ocurre respecto de una invitación al diálogo político. Macri ya estableció tópicos que considera imprescindibles para aceptar un llamado. Seguramente coincide con él la mayoría de los manifestantes de ayer.
Para los dialoguistas, son condicionantes que impiden cualquier conversación y que solo cristalizan la grieta. Un golpe certero: nada le molesta más a Macri que se lo ubique como la contrafigura de la vicepresidenta. “Ella está en un extremo, yo estoy en el centro”, repite ante sus interlocutores. La construcción de confianza y de identidad no es un desafío solo para Fernández.
Los dilemas de la oposición tienen, además, un horizonte electoral. Las elecciones legislativas de 2021 son el primer eslabón de la cadena que lleva a 2023, única meta que todos miran y respecto de la cual coinciden solo en un punto: la necesidad de seguir unidos si quieren recuperar el poder.
Por eso, Macri sostiene que hoy tiene por único norte mantener unida a la oposición. Una forma de ponerse por encima de discusiones, de las que su figura no está exenta. Por lo mismo, asegura que no será candidato en 2021. Para los que aspiran a sucederlo, resulta insuficiente ante su reticencia a decir si será precandidato presidencial en 2023. Macri argumenta que no puede prever hoy lo que pasará dentro de 3 años y que, en todo caso, cuantos más candidatos competitivos tenga la oposición más posibilidades tendrá. No todos coinciden.
La grieta que para los macristas es inevitable es otro motivo de debate. Para Rodríguez Larreta es necesario y posible superarla. El jefe de gobierno porteño esgrime un argumento con el que explicita su ambición presidencial. “Durante 50 años, desde que tengo 4 años, he dicho que quiero ser presidente, pero ahora cambié: no quiero ser presidente sino un buen presidente y no se puede serlo con un país dividido por la mitad. Esa es la causa de todos los fracasos”, afirma sin sonrojarse.

Por Claudio Jacquelin