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Miércoles 05 de agosto de 2020

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Viento Norte

Miércoles, 05 de Agosto de 2020 00:00

Para evaluar la negociación de la deuda, primero hay que tomar en consideración que Argentina va por su novena reestructuración. Esto sucede porque nos negamos sistemáticamente a realizar las reformas estructurales que sí han hecho otros países del mundo y que se impulsaron al progreso.

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Entre los problemas de fondo a solucionar, está el de tener funcionarios que al llegar al poder se empeñan en gastar desde el Estado mucho más de lo que los argentinos pueden pagar. Por ende, si continuamos por este camino, lo más probable es que nos encaminemos a reestructurar por décima vez la deuda que ahora daremos en canje a los acreedores.

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Y es en esta clave en la que estamos negociando con los acreedores. Evidentemente, por precedentes y por la sencilla razón de que el Gobierno no ha dado señales de cambio de rumbo, es que la quita de la primera oferta argentina era inaceptable para los acreedores. Dada nuestra historia, es lógico que no quieran dar una quita muy alta sobre deuda que esperan vuelva a ser reestructurada con otra quita.
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La lógica señalaba que lo mejor hubiera sido el lanzamiento de una serie de reformas estructurales por parte de Argentina. Y aunque por historia no hubiera contado con la credibilidad necesaria, un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional como auditor de los pasos a seguir, hubiera brindado muchas más garantías de pago a futuro y consecuentemente una negociación mucho más sencilla. Así, hubiera sido posible una quita superior a la que obtuvimos.

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De todas formas hay que reconocer que es muy bueno que se haya llegado a una reestructuración aceptable de la deuda. Y aunque es poco probable que se habilite mucho más crédito privado voluntario para nuestro Estado, es posible que los organismos internacionales sean más generosos con el Gobierno que si hubiera entrado en cesación de pagos total.
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Más importante aún, es que va a posibilitar mayor acceso a financiamiento del sector privado productivo que ya viene sufriendo una larga crisis previa a la cuarentena; pero que se profundizó con esta última.

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Con mayor crédito, el sector tendrá más chances de recuperarse del golpe lo más rápidamente posible. También va a permitir que la gente vea un futuro mejor y que si está ahorrando en activos extranjeros, decida ahorrar un poco menos y se anime a gastar o invertir ayudando a dinamizar la economía.

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Por supuesto, nada de esto será sustentable por mucho tiempo si no se encaran las reformas estructurales necesarias para resolver los problemas de fondo de la Argentina. Reformar el Estado para que cumpla con sus roles esenciales y gaste menos, para poder bajar la enorme presión tributaria actual. Cambiar la legislación laboral para modernizarla y que impulse el empleo productivo. Desregular la economía para que deje de asfixiar a los emprendedores y las PyMes, ya que es imposible que lidien con más de 67.000 regulaciones que los asfixian.
 

Viento Norte

Martes, 04 de Agosto de 2020 00:00

Perón se contradijo muchas veces; si uno toma citas individuales suyas verá que usa la misma expresión para decir lo que le convenía en cada momento. Para él la palabra valía por los efectos que producía en la realidad, como para Mao, Fidel o Napoleón. Creaba doctrina con ella. Era el verbo de sus seguidores, como las veinte verdades. El libro “Conducción política” tiene actualidad y universalidad como los grandes textos clásicos de la política. Perón quería las palabras para persuadir, conducir con ellas, aunque tuviera que darle un significado distinto en cada ocasión. Las palabras eran subalternas de sus acciones, pero las necesitaba y usaba. Con Menem no pasaba eso, porque su discurso político fue el televisivo con lo que hizo de la palabra, algo indiferente a su accionar. Banalizó la palabra pero tampoco la destruyó.
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Un salto más en el deterioro de la palabra lo constituye el moyanismo una versión berreta del viejo peronismo: Los peronistas somos así, hoy decimos una cosa y mañana otra, sostuvo. No le quita sentido a las palabras, sino que dice que está bien pensar hoy de un modo y mañana de otro aunque contradiga al anterior y sin necesidad de explicación o de rectificación porque eso está, según él, en la naturaleza del peronismo que es una forma distintiva de la naturaleza humana que se permite cosas que otros no pueden permitirse. Pero con Moyano las palabras siguen significando algo, aunque baqueteadas.
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Néstor Kirchner no tenía discurso pero afirmó algo interesante que lo excusó: fíjense en lo que hago no en lo que digo, porque es en lo que era mejor, en la acción. Sabiendo, entonces, que su palabra tenía poco contenido, hizo suyas las palabras de otros a los que nunca entendió del todo pero intuyó que le serían útiles. La palabra del progrepopulismo peronista la popularizó un presidente al que la palabra le importaba poco y nada.
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En cambio a Cristina la palabra le importó mucho; avanza el cristinismo en el asalto a la palabra con el relato, un intento de separar las palabras de las cosas para reemplazar las cosas por el relato, por la ficción orientadora. Las palabras ya no quieren decir lo que querían decir según el diccionario, sino lo que el relato les indica. Se alejan de la realidad, pero al menos tienen, dentro del relato, alguna lógica, forman parte del mismo, lo explican. La palabra sigue teniendo algún significado aunque esté desligada de las cosas reales a las que debería expresar. Expresa otras cosas.
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En su relato ella declara muerta la objetividad y decreta que nadie puede ni siquiera intentar buscar la verdad porque la verdad siempre es política, vale decir partidaria. No destruye la palabra pero sí la verdad y la objetividad. Cristina se puso incluso más a la izquierda del relato de los progres y lo hizo tan suyo que hasta sorprendió a sus creadores. Las palabras en Cristina, no tienen conexión con la realidad, pero dentro del relato tienen coherencia. No la exterminó, sólo la puso al servicio de una facción.
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Pero con Alberto todo fue diferente: él hirió gravemente a la palabra como no lo hizo ninguno de sus antecesores, pero no porque se lo haya propuesto, sino porque no puede decir nada sin que se contradiga. La palabra es el principal testigo de su trayectoria, que lo tiene a mal traer.
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O sea, por ser el más débil pero también por ello el más desesperado, el albertismo fusila el significado de las palabras. Es lo mismo decir una semana antes de ser nombrado candidato que si Cristina no es presidenta el presidente que ella designe será un títere, para a los pocos días de ser nominado asegurar que él no será ningún títere aunque haya sido nombrado del modo en que él textualmente dijo se nombran los títeres. Es lo mismo decir que Cristina mintió en lo del pacto con Irán a que Cristina tuvo razón en firmar ese pacto.
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Alberto fue el primer arrepentido que denunció a Cristina y por eso lo pusieron de candidato, porque fue crítico real del cristinismo. Y eso lo hizo creíble para quien no votaría a Cristina. Pero ahora está obligado, a fin de mantener la paz interna de su coalición, a ir negando todas y cada una de las cosas que dijo en esos 7 u 8 años locos en que se creyó libre. Y para eso le quedan dos caminos: o decir que estuvo 7 u 8 años absolutamente equivocado y que se arrepiente de todo lo que dijo, que todo era falso. otra vez enfrentarse a ella.
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VIENTO NORTE

Lunes, 03 de Agosto de 2020 00:00

Lo que nos sucede se llama desde hace mucho “estanflación”, la suma de lo peor de ambos mundos: retroceso e inflación. La salida de la pandemia, cuando ocurra, nos hallará en las peores condiciones, con un Banco Central obligado a esterilizar un mínimo de un billón de pesos emitidos y la imposibilidad de cancelar los pasivos adquiridos con la banca.

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En el marco de una economía fuertemente recesiva desde hace mucho tiempo y luego paralizada por la cuarentena, la inflación registrada por el índice de precios al consumidor (IPC) arrojó un preocupante 2,2 por ciento. Algo muy difícil de explicar.

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Pero el país ha sido capaz de probar y desechar toda teoría económica en las últimas seis décadas: desde los lejanos años de los últimos números positivos recordables, aquellos en que la gestión de Arturo Illia mostraba a la vez crecimiento, baja inflación y mínimo desempleo, todo entre nosotros ha sido confusión y experimentos fallidos.

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En tanto, desde una vereda nuestros economistas sostienen que el problema estructural del país genera inflación a la manera de un cuerpo enfermo y otros alegan que la emisión descontrolada no la genera.

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Un escenario variopinto donde hasta una presentadora de tevé puede alegar que en este último caso podrían suprimirse los impuestos dado que todo se remedia imprimiendo más pesos.

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Lo cierto es que seguimos teniendo inflación cuando debería suceder el fenómeno inverso, en una economía paralizada, con dólar artificialmente controlado, servicios y tarifas congelados y baja demanda de bienes.

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Pero lo que nos sucede se llama desde hace mucho “estanflación”, la suma de lo peor de ambos mundos: retroceso e inflación.

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La salida de la pandemia, cuando ocurra, nos hallará en las peores condiciones, con un Banco Central obligado a esterilizar un mínimo de un billón de pesos emitidos y la imposibilidad de cancelar los pasivos adquiridos con la banca.


 
 

Viento Norte

Domingo, 02 de Agosto de 2020 00:00

Una constante necrológica, bastante común entre las páginas de nuestra historia, es constituida por los viajes póstumos y continuos cambios de morada que han padecido los cadáveres de ciertos personajes relevantes.
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Entre los casos más llamativos esta sin duda el de Alberdi, quién ya pasó por cuatro tumbas desde su muerte en 1884 y que fue “archivado”. Tras reposar en dos tumbas francesas, llegó a nuestro país en 1889 para ocupar el magnífico monumento que el Congreso de la Nación le construyó en la Recoleta. Por designios menemistas, el tucumano regresó a su provincia natal en 1991. Aparentemente la idea fue “empoderar” a Palito Ortega utilizando aquél cadáver en los actos de campaña. Según el historiador, Eduardo Lazzari, tras el triunfo justicialista, el ataúd de Alberdi fue olvidado en una oficina de la Casa de Gobierno tucumana y comenzaron a apilar expedientes sobre él. Luego de diez años -y por la queja de un ministro de la Corte Provincial- le hicieron el catafalco actual.
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Pero este no fue el único movimiento menemista de índole fúnebre. Tras caer en la Batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, Juan Manuel de Rosas fue rescatado por los británicos y terminó sus días en su segunda patria. Previendo el final dejó establecido en su testamento que su funeral constaría solamente de “una misa rezada, sin pompa ni aparato alguno” (Art. 3) y que sus restos debían ser inhumados “en el Cementerio Católico de Souhtampton, en una sepultura moderada, sin lujo de clase alguna, pero sólida, segura, y decente” (Art. 4). Años más tarde, específicamente en 1873, agregó que sería así “hasta que en mi patria se reconozca y acuerde por el gobierno la justicia debida a mis servicios”. Dicho reconocimiento llegó con los historiadores revisionistas durante mediados de los años ’30 del siglo pasado y tomaron relevancia en 1973 bajo la sombra de Juan Domingo Perón, quién inició tratativas con el gobierno inglés para repatriarlo. Dichas negociaciones tuvieron un parón esperable debido al conflicto de Malvinas.
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Finalmente, a las 3 de la tarde del 21 de septiembre de 1989, el cuerpo de Rosas fue exhumado en el cementerio de Southampton e inició un viaje hacia nuestro país finalizando en el panteón familiar de la Recoleta. De modo llamativo, exactamente 101 años antes, llegaron a Buenos Aires los restos de uno de sus grandes detractores: Domingo Faustino Sarmiento.
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En el caso del sanjuanino lo que tuvo en demasía no fueron sepulcros sino funerales. Tras morir el 11 de septiembre de 1888 en Paraguay y ser embalsamado, fue trasladado a Buenos Aires pero tardó más de una semana en llegar pues en el camino fue velado en diversas oportunidades. “Poco después de las 10 –señala al respecto Diario Los Andes, el 19 de septiembre de dicho año-, arribó a este puerto [Rosario] el vapor Alvear, conduciendo los restos del General Sarmiento y comisiones paraguaya, correntina y entrerriana que lo acompañan. Para anunciar al pueblo la proximidad de los restos fueron quemadas en la plaza algunas bombas, siendo ésta la señal convenida. Momentos después afluían a la plaza 25 de Mayo numerosos grupos de personas pertenecientes a todas las clases sociales y gran parte de los colegios de ambos sexos, provinciales, municipales y particulares. Concurrieron también los alumnos de las escuelas normales con el personal docente... El cadáver de Sarmiento está depositado en un modesto ataúd negro con agarraderas doradas y cubierto con una bandera argentina”.
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Debido a las limitaciones espaciales, resulta imposible enumerar otros ejemplos de “viajes póstumos” a los que nuestros próceres fueron sometidos, pero basta con investigar un poco para corroborar que son ciertamente numerosos.
 

Viento Norte

Sábado, 01 de Agosto de 2020 00:00

Grandes marcas, famosos, dirigentes o ciudadanos de a pie: nadie más está al abrigo de la “cultura de la cancelación”, que denuncia sus errores y exige que rindan cuentas, al punto que algunos denuncian sus excesos y su contribución a la polarización política. Le sucedió a la escritora británica JK Rowling, autora de la exitosa saga de Harry Potter, por declaraciones sobre los transexuales consideradas insultantes.
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Una declaración polémica, un tuit ambiguo de hace 10 años, un video comprometedor, y las redes saltan al ataque de su autor. Hay que “cancelarlo”, dejar de consumir sus productos, manchar su imagen, perturbar su actividad hasta que se rinda, hasta que pida perdón o intente compensar su acción.
Le ocurrió al popular YouTuber Shane Dawson a raíz de viejos videos de contenido racista, o a la cantante Lana Del Rey debido a un mensaje en Instagram que criticaba a actrices negras.
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Y también al arroz Uncle Ben’s debido a su imagen de marca considerada racista, o al gigante de la agroalimentación Goya, atacado porque apunta al público hispano en Estados Unidos cuando su presidente apoya a Donald Trump, que defiende políticas antiinmigrantes. “El activismo en Twitter es fácil: en un par de segundos podemos atacar a alguien o hacer circular una petición para acusarlo o que sea despedido”, dijo Richard Ford, profesor de Derecho en la Universidad de Stanford. Este universitario es uno de los más de 150 firmantes de una carta sobre “la justicia y el debate abierto” preocupados por este movimiento, y que fue publicada a comienzos de julio en la revista Harper’s.
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Los firmantes, incluidas muchas personalidades del mundo del arte y de la ciencia, reconocen que “una parte del activismo en las redes sociales es constructivo y legítimo”. Muchas personas celebran la cultura de la cancelación porque ven en ella la emergencia de un nuevo poder, ahora disponible para un mayor número de personas cuando antes estaba limitado a un puñado.
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“La época en la cual las personas eran tratadas injustamente y no podían responder a las opiniones retrógradas y tóxicas se terminó”, celebró Lisa Nakamura, profesora de la Universidad de Michigan que ha estudiado la cultura de la cancelación. “Si hay una personalidad que quiere cancelar a los transexuales, no hay
ninguna razón en el mundo para que no pueda ser cancelada a su vez”, dijo en referencia tácita a JK Rowling.
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Como muchos otros, la académica ve en este movimiento un espectro mucho más amplio que incluye la denuncia de comportamientos discriminatorios o inaceptables socialmente. Citó el ejemplo de Amy Cooper, una mujer blanca filmada en Central Park cuando denunció falsamente a la policía que un hombre negro quiso atacarla.
Antes de las protestas del movimiento Black Lives Matter, la cultura de la cancelación emergió con el #MeToo que denuncia desde 2017 el acoso y el abuso sexual de hombres poderosos contra mujeres. Para Keith Hampton, profesor de medios e información en la Universidad de Michigan, si bien las redes sociales pueden ser un vector de cambio y de progreso, la cultura de la cancelación puede “patinar”. “Si se trata de intentar destruir a las personas, entonces esto crea otros problemas”, indicó.
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Los autores de la carta abierta publicada en Harper’s alertan sobre una radicalización de los discursos que ya no deja espacio al debate. Las redes sociales “incitan a la provocación y a la ira, al mismo tiempo que están casi totalmente desprovistas de matices”, señaló Ford. La alarma que la cultura de la cancelación se extienda ahora más allá de las redes sociales, al mundo académico o al del trabajo en general. “A veces el objetivo es simplemente la satisfacción de derribar a alguien”, lamentó. Además, “la vergüenza y el señalamiento con el dedo no cambian las opiniones”, sostuvo Hampton, para quien este aspecto del movimiento “probablemente aumente la polarización”.
 
 

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