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Sábado 25 de enero de 2020
Viento Norte

Viento Norte

Sábado, 25 de Enero de 2020 00:00

Una testigo clave del crimen aseguró que en medio del cobarde ataque uno de los agresores dijo: “Dale que lo vas a matar, vos podés”. Esa arenga, en sí misma, revela un grado de violencia al que no se llega de casualidad. La frase, en realidad, es la punta de un iceberg de violencia e intolerancia que se fue construyendo a partir de mandatos culturales en los que, sin dudas, predominó lo peor del género masculino.
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¿En qué momento de sus vidas unos jóvenes deportistas, de clase media acomodada, cuyas edades van entre los 18 y 20 años, sepultan para siempre aquella cándida infancia y adolescencia sin privaciones para convertirse en patoteros asesinos? ¿Qué responsabilidades (además de las de ellos mismos, por supuesto) tuvieron en esa monstruosa transformación las escuelas a la que asistieron y los clubes en los que se formaron?
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¿Y las familias? ¿Acaso prevaleció el mandato con el que se machaca desde ciertas publicidades (especialmente las de las bebidas alcohólicas dirigidas, no casualmente, al público más joven) que les dice que deben exagerar su masculinidad, ser fuertes, que todo es pura competencia, que lo que importa es ganar, llegar primeros, imponerse a cualquier precio?
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No se debe generalizar, es cierto. No es común ver a grupos de deportistas convertirse en patotas que matan a patadas un joven indefenso. Sin embargo, preocupa la repetición de algunos hechos aberrantes ocurridos en los últimos años en distintos lugares del país y que tuvieron como protagonistas a jóvenes con perfil similar al de los ahora detenidos por el asesinato de Villa Gesell.
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Por eso, vale la pena repasar un fragmento de la carta abierta que publicó en su cuenta de Twitter, Tomás Hodgers, un jugador de rugby de 23 años, del Club Atlético del Rosario. Titulada “Sí, fuimos nosotros”, Hodgers hace una autocrítica del deporte que practica. “Nos llenamos la boca hablando de Nelson Mandela y del respeto al árbitro, del tercer tiempo y de la camaradería. De la buena fe dentro de una cancha y del respeto a la autoridad. Nos creemos el ejemplo y nos creemos moral y físicamente superiores al resto. Es por este narcisismo colectivo, por este convencimiento ficticio que tenemos de nosotros mismos que nadie, ni una sola persona en el ambiente rugby se animó a decir que fuimos nosotros”, escribió.
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“Nadie se hizo cargo ni pidió perdón. Pero sí, fuimos nosotros, los que habitamos el diminuto mundo del rugby, los que formamos a diez desquiciados que mataron con saña y odio a un indefenso. Lamentablemente también eran nuestros los acusados de violar entre cinco personas a una chica en La Plata, y los que golpearon salvajemente a un linyera en Olivos porque estaban aburridos. También eran colegas los que abusaron de una chica en Miramar, los que le desfiguraron la cara a un pibito en Quilmes por chocar un auto y los tucumanos que casi matan a un empleado de un boliche en Pinamar. Es jugador de rugby, también, el rosarino al que filmaron golpeando salvajemente a su novia y que hoy camina como si nada hubiese pasado. Digámoslo, fuimos nosotros”, sostuvo el joven deportista.
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Desde que tomaron estado público las imágenes del salvaje ataque que terminó con la vida de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell y hasta hoy, se multiplicaron las reflexiones y opiniones en relación al vínculo entre violencia y consumo de alcohol entre los jóvenes, también sobre los mandatos culturales y sociales de masculinidad, la violencia machista y las relaciones de género.
 
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