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Jueves 24 de septiembre de 2020

Inseguridad: ¿cuántos muertos serían suficientes?

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Sabina Frederic, Berni y Kicillof, en un encuentro de gestión entre la Provincia y la Nación.Sabina Frederic, Berni y Kicillof, en un encuentro de gestión entre la Provincia y la Nación.“Unos hombres le pegaron a mi papá y se robaron la música”. Dos ladrones acababan de matar a un hombre,que estaba con su hijo adentro del auto, para robarle el pasacassette.
Ocurrió hace muchos años, pero la frase con que ese nene de 3 años resumió la tragedia quedó siempre rondando, literal y también perfecta metáfora de la inseguridad: “se robaron la música”, dijo, sin conciencia de todo lo que eso encerraba.

Con ese acto se habían llevado la música de su vida, y la inocencia, que perdió de una vez y para siempre. Más allá de cifras y estadísticas, eso es la inseguridad: una ausencia que no cesa. Una ausencia con nombre, apellido y una historia detrás. Una ausencia que se multiplica, con el poder de una onda expansiva y afecta irremediablemente a muchas otras historias.

La inseguridad, que está muy lejos de ser un fenómeno nuevo, es el instrumento que forja también otra grieta: la que separa a quienes la padecen de quienes deberían resolverla. Años atrás fue Aníbal Fernández reduciéndola a una “sensación”. Esta vez fue la ministra de Seguridad de la Nación, Sabina Frederic.

En una entrevista con un think tank de Washington, admitió por un lado el aumento de robos y hechos de violencia, para señalar que “no son muchos casos” y que los medios de comunicación los hacen visibles, poniendo una vez más la lupa sobre los medios como si el problema fuera la visibilización de esos hechos y no su existencia. Digresión al margen, recuerda al entonces ministro Axel Kicillof diciendo que no medían la pobreza para no estigmatizar a los pobres.

Pero volviendo a Frederic, señaló también que “tenemos en Argentina una gran intolerancia a la violencia, y eso es algo que genera las reacciones sociales y mediáticas aun cuando no sea el nivel de Brasil y México”. ¿Cuál sería la sugerencia? ¿Volvernos más tolerantes a la violencia y compararnos con los que están peor, nivelando para abajo? Ya lo dice el refrán, “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Casi en simultáneo con las declaraciones de la ministra empezaron a difundirse encuestas que mostraban cómo la inseguridad trepaba entre las preocupaciones de los argentinos: según informó Clarín, un sondeo de Management&Fit la ubicó segunda, apenas por encima de la desocupación, mientras otro de la consultora RDT, realizado entre el 27 y el 29 de julio, mostró que el tema inquieta al 54,3% de los argentinos, contra el 27,5% registrado en junio.

Otros trabajos la ubicaron en el primer puesto, superando a las preocupaciones económicas y al miedo al coronavirus. La divulgación de estos números pareció activar la respuesta del Gobierno que, a través del Jefe de Gabinete Santiago Cafiero, admitió la suba del delito.

La propia Frederic salió a decir entonces que “preocupa el nivel de violencia que pone en riesgo la vida”. Nación y Ciudad anunciaron el lanzamiento de una mesa conjunta de seguridad.

La política, antes y ahora, suele estar muy atenta a las percepciones de la opinión pública, no siempre por las mejores razones, o por las mayores convicciones. Sondeos de imagen, cuestiones electorales -aunque no lo parezca, nunca quedan lo suficientemente lejos como para no pensar en ellas-, sirven para ubicar al tope de la agenda, algunas problemáticas que la sociedad parece detectar, por padecerlas en carne propia, antes que sus gobernantes.

Un relevamiento de Clarín, publicado el domingo 26 de julio, determinó que hasta esa fecha, en la provincia de Buenos Aires, hubo una muerte cada tres días en hechos de inseguridad. La encuesta de RDT ya citada señala que los grupos etarios más preocupados por el tema son los mayores de 50 años y los menores de 30. Aunque nadie queda a salvo, en unos pocos ejemplos como muestra, la realidad parece confirmar sus temores: 28 años tenía el repartidor de Adrogué a quien su papá le había dejado la camioneta para que pudiera trabajar; 30 años, el joven que se resistió en Mariano Acosta a que le robaran la moto prestada por su tío y murió en el hospital; 27, el tatuador que mató al ladrón que intentó asaltarlo en la casa de Ciudadela que comparte con su hermana de 19; 71, el jubilado de Quilmes que hizo lo propio en el tercer intento de robo que sufrió en una madrugada.

La justicia por mano propia, como en estos últimos dos casos, no sólo es una aberración, o la respuesta desesperada de quienes se sienten desprotegidos por el Estado que debería garantizarles protección; es además una tragedia doble porque de ambos lados quedan vidas destrozadas.

Los que mueren, los que matan, los que sobreviven. También la inseguridad reclama su Nunca Más.


Por Eduardo van der Kooy

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