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Miércoles 12 de agosto de 2020

Viento Norte

Edicion Impresa - Viento Norte

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A medida que las costuras ya gastadas de la emergencia sanitaria comienzan a ceder, asoma en la escena política el enorme conflicto social que interpela al país. Se trata de un conflicto conocido. Venía larvado en los largos años de recesión económica. Se expresó en las urnas más recientes como voto castigo, mientras en países vecinos se manifestaba con estallidos. Y se mantuvo latente mientras la pandemia seducía con el espejismo de la sociedad confinada.

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En el área más densamente poblada del país esas erupciones todavía no se perciben plenamente. Es porque el aislamiento fue decidido en su momento como una medida uniforme, para un territorio homogéneo. Una nueva ilusión unitaria. La realidad obligó a flexibilizarlo, con criterios diferenciados. Asimétricos, para decirlo con los términos de la nueva diplomacia argentina. Por esa razón afloran con más potencia las demandas sociales en los distritos que vienen saliendo del aislamiento obligatorio. El rostro conflictuado del país pospandemia camina inexorable de la periferia al puerto, donde aún esas tensiones permanecen reprimidas en las ruinas circulares de la cuarentena más estricta.

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Las interpretaciones de esta nueva crisis difieren en el origen. Están quienes recuerdan haber advertido que Alberto Fernández confundió su momento histórico: no tenía el 2001 detrás y la recuperación por conquistar. Tenía el 2001 adelante. Y están los que insisten en lo contrario, pero culpan de todos los desastres a los efectos locales de una crisis global innegable. A los efectos de acometer el presente, esa discusión sobre el pasado inmediato resulta baladí. Por una causa o por otra -o por ambas-, lo concreto es que Argentina se enfrenta de nuevo a indicadores sociales parecidos al abismo de principios de siglo.

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Esos indicadores son la nueva pesadilla perfecta para la actual generación de dirigentes políticos. La mayoría de sus integrantes son veteranos de la crisis de representación conocida por el “que se vayan todos”. Dos décadas después -con el polvo del tiempo en la espalda- deben remar de vuelta con el mismo desafío. En consecuencia, la incógnita central de la escena política es cómo enfrentarán las fuerzas sistémicas -oficialismo y oposición- el conflicto inminente. Con qué herramientas de acuerdo o competencia. Con qué reflejos, de seguro condicionados por lo que fue su aprendizaje del 2001.

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Como se recordará, los efectos sociales de la caída de la convertibilidad fueron durísimos por la imposibilidad de construir consensos que permitieran abandonar la rigidez de la política monetaria. De modo ordenado y sin la detonación del sistema financiero, que finalmente ocurrió. Lo que se observa ahora es una degradación acelerada de los mecanismos de reacción consensual de las instituciones. El diálogo interpartidario como impulso promovido desde el oficialismo ha desaparecido. En el Congreso, el ámbito por naturaleza de la política cooperativa, la oposición no consigue salir de la trampa en la que se metió al abdicar sus bancas.

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En la Justicia, el panorama es desolador: lo único que sobresale en la la feria eterna son maniobras para consagrar impunidades o perseguir disidencias. Un aire denso sofoca allí la respiración de la república. Hay una condición sistémica imprescindible para enfrentar la crisis social: la voluntad de cooperación política. Y hay una condición que es preferible evitar: la profusión y dispersión de actores con capacidad de decisión.

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¿Cuáles son los reflejos riesgosos que anidan en el oficialismo tras su experiencia de la última gran crisis? Uno de ellos es creer que conviene acelerar los conflictos para concentrar poder. Es la inercia de Cristina: sólo busca reducir la cantidad de decisores. Piensa que con su conducción alcanza para salvar al país. Para ese reflejo de Cristina ante la crisis, el conflicto no es un problema, sino un insumo. Es lo que cree haber aprendido del 2001. En la escena caótica del “que se vayan todos” gestó su más arraigada concepción de la política: “vamos por todo”.

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Esa perspectiva no sólo carece de identidad democrática. También es una falsedad política. La mera inestabilidad no implica transformación. Los cambios sociales sólo se construyen con la articulación de legitimidades amplias, de consentimientos más que mayoritarios. Y si algo ha enseñado la historia de las autocracias es que el poder ejercido como imposición implacable se asegura ese mismo sello para el final.

En la oposición, los reflejos del 2001 son de índole opuesta, pero su problema es doble. Ante cada embate de Cristina, los actores de Cambiemos tambalean en sus convicciones sobre una política cooperativa. Les aqueja además la proliferación de decisores. De nada sirve una oposición sin unidad, pero menos aún sirve la unidad sin oposición, señaló hace unos días el legislador macrista Fernando Iglesias. En ese dilema se subsume el debate central de la oposición.

El país se asoma a su nueva crisis con el recuerdo fresco de la anterior. Si de aquello no hubo ningún aprendizaje, lo nuevo será más bien un problema.

“Cuando miras largo tiempo hacia el abismo, el abismo mira también dentro de tí”, rezaba el aforismo de Friedrich Nietzche.

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