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Miércoles 12 de agosto de 2020

Viento Norte

Edicion Impresa - Viento Norte

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En el escenario político hay palabras que faltan y palabras que sobran. Faltan palabras de Mauricio Macri sobre las revelaciones de espionaje ilegal durante su gobierno y sobran palabras de Alberto Fernández dialogando por videoconferencia con Lula da Silva, en momentos en que resulta indispensable que dialogue con el arco político, social y económico del país.
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Macri debiera dar una pormenorizada explicación sobre las escuchas de la AFI a propios y ajenos. Desplegar su versión de lo ocurrido. Explicar por qué considera que todo es un montaje; o cuál fue su rol, si lo tuvo, en el aberrante accionar de los espías públicos. Mientras su silencio aturda cabe suponer que ocurrió. Y si ocurrió la responsabilidad es de Macri, o bien por engañar al electorado que lo votó como opción democrática y republicana, o bien por haber actuado con ineptitud y negligencia también en ese terreno.
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Su silencio potencia la hipocresía de quienes callaban ante los “carpetazos” que los espías armaban para que Néstor Kirchner pueda apretar a funcionarios, periodistas, dirigentes y empresarios. Callaban cuando muchos de los que se reunían con Mario Bergoglio contaban que el entonces cardenal les decía que Néstor había puesto a Jaime Stiuso a espiarlo. Callaban al trascender que incluso Alberto Fernández habría dicho a periodistas que le habían espiado conversaciones con el entonces vicepresidente Julio Cobos. Callaban cuando veían a Néstor elegir a Stiuso en la disputa con Gustavo Béliz, obligando a exiliarse al hasta entonces ministro.
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Hay muchos escandalizándose de lo que aceptaban en gobiernos kirchneristas. Pero eso no resta gravedad al “espionaje M”. De haber ocurrido aunque sea un 10% de lo que se está denunciando, Macri habría sido una estafa política. Por inepto o por simulador sin escrúpulos, sería responsable de que haya continuado una práctica de matriz totalitaria que su gobierno estaba obligado a erradicar. Por eso debería estar explicando en lugar de estar callando. Por el contrario, Alberto Fernández está hablando de más mientras dialoga de menos.
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Hay muchas razones para respetar a Lula y defenderlo. Pero no es con el ex presidente brasileño con quien resulta imprescindible dialogar en este momento. El presidente tiene que dialogar con toda la dirigencia política, sindical y empresarial. Lo imponen la pandemia y la cuarentena. Se impone también dialogar con exponentes de distintas visiones sobre economía. Sumar una mesa económica heterogénea al indispensable consejo de científicos que lo asesora.
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La situación exige dialogar y mostrar diálogo a la sociedad. Ese diálogo tiene que ser para consensuar salidas a la pandemia y a la abismal crisis económica. Y es imprescindible porque la pandemia obligó a restar libertades individuales.
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En lugar de eso, el presidente habla por teleconferencia con un líder brasileño y dice cosas incongruentes, posiblemente para agradar a una tribuna ideologizada que se satisface con los pronunciamientos mientras ignora los hechos. Decir que extraña a Hugo Chávez y también a Ricardo Lagos y Michel Bachelet, es incongruente. Las “nostalgias” de Alberto constituyen un oxímoron. ¿Qué tienen que ver dos grandes socialdemócratas que gobernaron Chile, con el impulsor de un populismo extremo y calamitoso, que amasó poder ultra-personalista y dejó un régimen residual esperpéntico? Lagos fue el primero en explicar que la economía chavista era una falacia que sólo funcionaba con los precios del crudo por las nubes y se hundiría cuando esos precios cayeran, mientras que Bachelet es la funcionaria de la ONU que investigó y denunció la violación de Derechos Humanos por la casta que Chávez incrustó en el poder.
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También bordeó el absurdo al decir que Andrés Manuel López Obrador y él son los únicos que quieren “cambiar el mundo”. ¿Pensó, antes de decir algo tan autocomplaciente como improbable y carente de utilidad? ¿Tuvo en cuenta que frente a la pandemia el presidente mexicano estuvo en la misma vereda de Trump y Bolsonaro, demorando cuarentenas y saboteando el distanciamiento social? ¿Sabe que López Obrador cumplió la exigencia de Trump al militarizar la persecución de migrantes que intentan cruzar la frontera para entrar a Estados Unidos desde México?

Su acompañante en la “solitaria” intención de “cambiar el mundo”, aceptó la reformulación del NAFTA que impuso Trump para que México siga siendo socio de Estados Unidos. Y en su primer viaje presidencial, irá a Washington para que su primera cumbre sea con el magnate recalcitrante que está en la Casa Blanca. ¿De qué habla Alberto Fernández?

Quizá, su problema sea la necesidad de agradar a una tribuna ideologizada y complacer a quien la lidera. Lo que está claro es que incurre en derivas discursivas inútiles, cuando lo que urge es que dialogue y genere diálogo en Argentina; el país que reclama construir puentes de palabras para cruzar la grieta que éste presidente había prometido dejar definitivamente atrás.

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