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Jueves 20 de febrero de 2020

El asesinato que nos patea la cabeza

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El asesinato que nos  patea la cabezaEl asesinato que nos patea la cabezaEn el crimen de un chico en Villa Gesell vuelven a asomar las dificultades más dolorosas de la Argentina precaria.

El crimen de Fernando en Villa Gesell nos desgarra y, como en el Día de la marmota -aquella película cuyo protagonista estaba condenado a vivir una y otra vez el mismo día-, nos pone de nuevo frente a la repetición infinita de la Argentina precaria.

Es un crimen en manada pero también es un crimen de clase, de chicos bien que se ensañan con chicos de otra casta. El rugby no tiene la culpa de lo que hacen sus jugadores, pero es cierto que hace rato que la realidad le viene pidiendo un cuarto tiempo.

Después de compartir un rato con los rivales-para mostrar que los golpes en la cancha sólo son contingencias de un juego basado en la potencia física- es necesario otro tiempo: el que concientice a sus jugadores más jóvenes acerca de que la camaradería y la solidaridad debe incluir a los no rugbiers. A los que juegan a otra cosa. Y a los que no tienen ganas de jugar a nada.

Mucha gente con una vida entera en el rugby ha dado ejemplos admirables de abnegación: a Gastón Tuculet le mataron a su hijo Juan Pedro durante un asalto cerca de La Plata y él reaccionó dando clases gratuitas de rugby en los institutos de menores donde fueron a parar los asesinos. Frente al dolor y la locura, salió a ofrecer educación y valores.

Pero hay una repetición de episodios de jóvenes rugbiers que, en el cobijo del grupo, no han sabido distinguir entre la solidaridad con el compañero en la cancha y la complicidad con el asesino en la calle.

La historia de Fernando nos rompe: único hijo de padres trabajadores, ahorró 8 meses para ir a Gesell cuatro días con sus amigos. Ya estaba inscripto en Derecho de la UBA y estuvo esa noche todo el tiempo tratando de separar y de evitar cualquier pelea. Quizá por eso sus atacantes se ensañaron más con él.

La Unión Argentina de Rugby anunció que comenzará campañas de concientización con sus jóvenes jugadores, pero escribió en su comunicado oficial que lamenta “el fallecimiento“ de Fernando. No habrá cuarto tiempo que valga si empezamos con eufemismos. No fue un fallecimiento; fue un asesinato salvaje. Traicionero, espantoso, atroz.

Fernando no falleció. Lo mataron

En medio del desgarro de sus padres -vivíamos para él, cuenta el papá, orgulloso en el brillo de sus ojos por la crianza del hijo que ya no podrá volver a besar- la Argentina precaria aporta contexto: no estaba la Policía porque justo hubo un incidente con otros chicos en la otra cuadra. Es decir, dos incidentes en simultáneo ya nos superan.

Por más patrulleros, cuatriciclos y helicópteros que nos pongan en fila cada vez que un funcionario va a sacarse fotos a la Costa, si dos grupos de chicos pelean al mismo tiempo con una diferencia de 100 metros el sistema entra en crisis.

Para completar el cuadro, la ambulancia tardó más de media hora en llegar a socorrer a Fernando, que agonizaba no en un descampado lejano sino en pleno centro de la ciudad.

En medio de la desazón, pasa como una ráfaga la noticia de que el boliche donde había comenzado el forcejeo postea en su Facebook que ellos, la disco, son sinónimo de fiesta.

Que el crimen sucedió en la calle, fuera del local, es tan cierto como que el mensaje transmite una insensibilidad estúpida y cruel que revuelve el estómago.
El final es para la Psiquiatría. Es difícil pensar qué hay en la cabeza de unos chicos que van a patearle la cabeza a otro chico tirado en el piso, desmayado.

No hay droga ni alcohol que pueda explicar por dónde supura la enfermedad asesina de la manada que, tras abandonar a su presa agonizante, hace un scrum mafioso, apila la ropa con sangre en un rincón y se va a dormir tranquila, como si acabara de ganar un partido.
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Por Héctor Gambini

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