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Jueves 20 de febrero de 2020

De cómo Robin Hood nunca estuvo en Acassuso

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De cómo Robin Hood  nunca estuvo en AcassusoDe cómo Robin Hood nunca estuvo en AcassusoPoco se preocuparon por las víctimas.
Hace una semana se cumplieron catorce años del robo al Banco Río de Acassuso, bautizado como el robo del siglo.

Con gran sentido de la oportunidad se estrenó el jueves pasado la película que recrea el hecho y que lleva como título esa misma apelación. No fueron pocas las veces, en todo este tiempo, que el tema volvió a la luz. Una de ellas fue a raíz de la expulsión de Argentina de uno de los cabecillas de la banda, Luis María Vitette Sellanes, hacia su país de nacimiento, Uruguay.

En esa ocasión se lo pudo ver muy contento haciendo compras en el free shop, mostrando la bolsita correspondiente, a punto de emprender nueva vida en su suelo natal. Tiempo después se mostró allí en su nuevo emprendimiento, un negocio de joyería en San José.

En las últimas semanas, en parte por el aniversario del ilícito -como dicen que él mismo lo denomina-, en parte por la presentación del filme que lo retrata, el interés por el caso pareció recrudecer. Con un fenómeno por lo menos curioso: el tono empático e indulgente, cuando no directamente cómplice, con los autores del robo, que sobrevoló el caso en declaraciones, charlas de café, comentarios.

Escudándose en que no hubo víctimas fatales, que los rehenes -hubo 23- fueron bien tratados, que los ladrones usaron lo que se sabría después eran armas de juguete, y que los damnificados -se saquearon 143 cajas de seguridad- fueron indemnizados por el banco y recuperaron prácticamente todo lo que les habían robado-, los miembros de la banda pasaron a ser una suerte de ángeles bonachones, románticos, dignos de encomio y elogio por haber perpetrado casi una obra de arte delictual, coronada por la leyenda que dejaron escrita: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores. Es sólo plata y no amores”. Hasta se evocó la figura de Robin Hood, omitiendo un detalle fundamental: el famoso habitante de los bosques de Sherwood robaba a los ricos para repartir entre los pobres.

No sería justamente el caso de los asaltantes del banco de Acassuso, que se quedaron con un botín no del todo precisado, aunque se calcula que se alzaron con unos 19 millones de dólares y varios kilos -así expresado- de joyas, mientras lo recuperado alcanzó a apenas menos del 20% de lo robado. Como aquellas urnas de Galtieri, el resto está bien guardado, seguramente en el exterior, y, es de suponer, a resguardo de alguna otra pandilla de románticos asaltantes dispuestos a saquear a ricachones como esos en los que ellos mismos se han convertido.

Entre tanta sonrisa indulgente y simpática adhesión, Ariel Apolo, el fiscal que actuó en el caso pone un poco las cosas en su lugar. “No fueron Robin Hood. Le hicieron daño a mucha gente. Cometieron un delito, muchas personas la pasaron muy mal. Ese era un banco que, aunque estaba ubicado en una buena zona, sus clientes eran de todo tipo: gente que vendió una propiedad e iba a comprar otra cosa con esa plata; gente anciana que tenía sus ahorros; gente que tenía objetos de valor porque eran recuerdos irreemplazables”, dijo a Clarín.

Y la abogada de las víctimas, en varios medios, dejó traslucir el dolor de todos ellos, y parte del calvario que les tocó vivir: años de trámites engorrosos, mediaciones e instancias judiciales para poder acceder a la indemnización, recuerdos de familia que jamás lograron recuperar, tratamientos médicos que quedaron truncos, proyectos frustrados y sueños destruidos, por no hablar del estrés, las tensiones y el sufrimiento emocional al que se vieron sometidos a causa de todo ello.

Sin perder de vista, como bien remarca el ex fiscal, que se trató de un delito. Las apelaciones al corralito u otras aberraciones semejantes que perjudicaron a miles de ahorristas no pueden servir como coartada o excusa para decir, como se escucha, que aquello fue un saqueo y esto, en todo caso, un acto de justicia, una revancha, una reivindicación.

Más allá de la gente afectada - lo fueron los particulares en primera instancia, antes que el banco-, hay valores, hay principios, como la cultura del trabajo, el concepto de lo propio y lo ajeno. Hay todo eso. O, tal vez, debería haberlo. Acostumbrados a tanto ladrón de guante blanco, a considerar la delación más grave que la corrupción, con curiosas omertá, con funcionarios que se preguntan ante una mujer golpeada qué habrá hecho ella para merecer el castigo, la relación de la sociedad con la ley es, cuanto menos, bastante laxa.

Y puede ser que entonces lo que en otro lado generaría repudio acá sea considerado poco menos que una magistral travesura. Todo puede ser, en nuestro discepoliano cambalache, en nuestro walshiano reino del revés.


Por Silvia Fesquet

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