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Martes 22 de octubre de 2019

El futuro económico no se ve ni se toca

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El futuro económico  no se ve ni se tocaEl futuro económico no se ve ni se tocaArgentina sigue teniendo potencial para “ingresar” productivamente al mundo en agroproducción, energía, minerales, servicios, industrias de base científica.

En octubre de 2018 HM Treasury publicó un artículo mostrando que las cinco compañías más valiosas del mundo juntas valían 3,5 billones de libras pero sus balances reportaban solo 172 mil millones de libras en activos tangibles. El 95% de su valor estaba en forma de activos intangibles.

Fue una de las tantas muestras que exhiben que el mundo está dando un gran salto invisible: intangibles como invenciones, conocimiento apropiado y aplicado, licencias y patentes, know-how, ideas, la ingeniería como insumo, marcas comerciales, organización funcional, diseño, sistemas de comunicación económica en cadenas de valor, estándares certificados y el talento en la producción son los que impulsan la nueva economía.

A tal punto que el profesor Barcuh Lev reclama desde la NYU que se redefinan patrones de medida económica de los activos de las empresas porque se está infracomputando el valor de los intangibles.

El MSCI da cuenta de que el 80% del valor del S&P500 hoy se basa en activos intangibles cuando hace 40 años, en 1979, solo 16% de ese índice estaba compuesto por ellos. En esos últimos 40 años, según el WEF, en el mundo, la tasa de inversión en activos físicos (como fábricas y plantas de producción) cayó 35% mientras que el ratio de inversión en intangibles creció casi 60%.

Por eso dice Jonathan Haskel (en “Capitalism without capital”) que en el mundo por cada dólar que se invierte en tangibles se está invirtiendo 1,2 en intangibles. Y McKinsey señala que el valor generado a través de intangibles duplica al generado por los tradicionales tangibles.

Esto supone que hay un tipo de empresas que aparece como vehículo para transitar este camino de nuevo progreso en la economía internacional: las empresas líderes no son solo globales porque son “multi-pais” sino que lo son por su condición de “multi-industria” (en varios sectores) y “multi-compañía” (en red) como enseña un paper de la Universidad de Wharton.

Pero para Argentina, que está aturdida por sus (paradójicamente) “actuales problemas de siempre”, esto aún parece lejano (salvo para pocos que se mueven virtuosamente sin mucha réplica en la más moderna agroproducción o ciertas actividades basadas en tecnologías).

Hay tres niveles humanos alcanzados por la nueva economía mundial que exigen revisión: el “micro”, el de las personas (formación, habilidades); el “macro”, el de las empresas (conjuntos de personas que deben adoptar nuevos criterios de organización) y el ¨mega”, el del país (que exige adaptaciones en el comportamiento de la sociedad toda y de la política en particular). Cada uno de los tres debería conducirnos (para contribuir a mejorar nuestra calidad de vida por la convergencia con la evolución mundial) a la creciente “digi-globalización” (a la que podríamos llamar el cuarto nivel, el “ultra”).

Argentina sigue teniendo potencial para “ingresar” productivamente al mundo (parece un capricho el uso de ese verbo en esta ocasión pero es el apropiado ante el derrumbe de las distancias geográficas, temporales y físicas).

Por caso, en agroproducción, energía, minerales, servicios, industrias de base científica. Pero dar el salto requiere desarrollar condiciones todavía ausentes, empezando por admitir que esta nueva economía del conocimiento se produce en ambientes en los que (además de trabajar en base al nuevo saber) hay respeto por los derechos subjetivos, prevalencia de lo particular sobre lo político, capacidad para cooperar espontáneamente, confort regulatorio, aliento al mérito y el progreso, optimismo, premio a los mejores, confianza entre las personas, autonomía, universalidad. Por eso no toda inestabilidad es angustiante: la que provoca el citado cambio que ocurre en el mundo es desafiante.

Hoy, a nosotros, estos cambios mundiales nos interpelan y exigen adaptaciones. Suponen la necesidad de un entorno macroeconómico ordenado (diría José M. Peiró: estable, simple, sin aleatoriedad y con acceso a recursos).

Pero además es preciso un cambio metaeconómico para esta globalidad: el conocimiento ha sido desde siempre universal y ello se exacerba en la era en la que ese conocimiento crea riqueza en mayor proporción, por lo que también la cultura (los valores predominantes) conforma un requisito básico.

El desafío es enorme si se piensa que Crimson Education (una organización que prepara estudiantes para ingresar en las mejores universidades del mundo) anticipa 5 capacidades en las personas para ser parte de los nuevos trabajos: elasticidad mental y resolución de problemas complejos, pensamiento crítico, creatividad (más que acumulación de información), habilidades sociales y saber interdisciplinario.

En Argentina apenas contamos con 7 de las 100 principales multinacionales latinoamericanas (ninguna empresa argentina está entre las 1000 mayores del mundo). No aparecemos entre los 50 mayores países exportadores del planeta (solo contamos con 400 empresas que exportan más de 10 millones de dólares por año).

Nuestra participación en el -más dinámico- comercio mundial de servicios (0,25%) es aun menor que nuestra participación en el comercio mundial de bienes (0,31%), participación que a su vez es hoy menor a la mitad que la que teníamos hace medio siglo. Pero, peor aún, se estima que hay entre 150.000 y 180.000 profesionales argentinos trabajando en el exterior (y un relevamiento de hace unos meses detectó que el 37% de los que viven entre nosotros estaría dispuesto a emigrar).

Si no es por convicción, al menos por urgencia, es hora de liberar una energía creadora que está aplastada por un ahogo obstructivo ambiental.

Por Héctor Gambini

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