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Viernes 13 de diciembre de 2019

Pugna de dos líderes en crisis

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Las elecciones primarias de este domingo expresan uno de los tantos contrasentidos que caracterizan la vida argentina. No vale la pena insistir con la mirada más elemental: fue otra venta de gato por liebre que, en este caso, corrió por cuenta de Néstor y Cristina Kirchner.
Se predicó la democratización de los partidos. El fortalecimiento del sistema. Nada de eso sucedió. A punto tal, que todos los candidatos presidenciales compiten sólo consigo mismo. Aquellos partidos van derivando, además, en coaliciones imprecisas.

Existe un rasgo, por otra parte, que profundiza la inclinación nacional por los contrasentidos y significan señal de debilidad. La mayor competencia que se prevé a priori involucra a dos líderes en crisis. Que, sin embargo, parecen estar produciendo un grado de polarización quizá sin precedentes en comicios de nuestro país. Difícil de entender. O reflejo de una sociedad y una clase dirigente que tantea, sin mucha idea, algún rumbo.

La crisis de Mauricio Macri y Cristina posee una evidencia indesmentible que los mancomuna. Dieciocho gobernadores decidieron anticipar sus elecciones para despegarse de la suerte de aquellos dirigentes que pugnan por la supervivencia política. Aseguraron primero su poder y parte de sus cajas. Santiago del Estero y Corrientes tienen otros cronogramas. Apenas Buenos Aires, la Ciudad, Santa Cruz y La Rioja acompañarán al ingeniero y a la doctora. La interpretación resulta transparente: María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta son socios y pilares de Macri. Simbolizan un imaginario de equipo en campaña que al kirchnerismo le cuesta exhibir. Santa Cruz es el feudo de la familia Kirchner. La ex presidenta se refugiará allí en esta jornada.

Es difícil hallar una disgregación política semejante desde la recuperación de la democracia en 1983. También, encontrar a los dos principales contendientes tan corroídos por la realidad. Raúl Alfonsín construyó una gigantesca esperanza popular. Italo Lúder sufrió eso y el estado de desquicio que, por entonces, tenía el peronismo. Carlos Menem edificó un liderazgo de una década con un partido renovado. Fernando de la Rúa encabezó la primera y frustrada experiencia de aliancismo en el poder. Nació con la misión de superar al menemismo.

En el 2003 hubo una marcada horizontalidad de candidatos. Sin grandes preferidos. La sociedad atemorizada deseaba huir de la crisis del 2001. Luego llegó la hegemonía de los Kirchner, apuntalada por la complacencia popular, que el autoritarismo y la mala praxis de Cristina terminó por convertir en pesadilla. En todos los casos, al menos al comienzo, prevaleció la luz por encima de la oscuridad.

Aquel derrotero fue profundizando el desconcierto y la apatía política. Tampoco consiguió superar las limitaciones económicas de nuestro país. En ese contexto se produce la batalla entre Macri y Cristina. La competitividad actual de ambos podría explicarse antes por las defecciones del rival que por sus virtudes. La mala gestión económica del Presidente –al menos en los dos últimos años—representó el único estímulo para la oposición. La corrupción genética del kirchnerismo y su sesgo autoritario explican la puerta que todavía tiene abierta el ingeniero en la búsqueda de su reelección.

Macri tiene también otras cuentas pendientes. No hizo lo suficiente para mejorar el sistema político. Porque la coalición original que conformó (Cambiemos) jamás alcanzó una cohesión de base. Sus picos fueron en los procesos electorales. Pero demostró grietas recurrentes durante la gestión. El Presidente no encontró (¿quiso?) la dosis adecuada para entroncar el sentido de una alianza con el presidencialismo tradicional de la Argentina.

El desacople tuvo manifestaciones públicas, sobre todo, con los radicales. Elisa Carrió resultó también muchas veces francotiradora. Aunque siempre terminó laudando sus enojos y conflictos a favor de Macri. Ni siquiera podría asegurarse que el Presidente haya comprendido el dilema sobre el final. Cuando arrancó el año electoral y su Gobierno permanecía en retaguardia. La convocatoria de Miguel Angel Pichetto como candidato a vicepresidente tuvo la impronta de la necesidad. Más que de una precisa calibración. Lo forzó primero la jugada de Cristina al colocar delante suyo en la fórmula a Alberto Fernández. El arribo del senador peronista regeneró las expectativas políticas en una coalición que asomaba estática.

Quizá Macri no hubiera podido salir de su encierro sin la ayuda opositora. En el kirchnerismo pocas cosas se vislumbran normales. Entre ellas, la dramática incapacidad para regenerar liderazgos. Sin ellos pierde la brújula. La obstinación de Cristina terminó por arrastrar también al peronismo que la había repudiado. Pero el gambito realizado, más allá de la imaginación, sería otra demostración de anomalía. Que detona incertidumbres a futuro.

La delegación formal del poder en Alberto altera el orden y la jerarquía que demanda cualquier construcción política. Es cierto que el peronismo posee historia en ese aspecto. Nunca de esas probetas salió un saldo favorable para el país.

El candidato pareciera consciente de la irregularidad. Por tal razón, se ocupó de repetir en la campaña que “nunca más” lo harán pelear con Cristina. Nadie lo hizo pelear en el segundo mandato. Renunció por diferencias hondas que se transformaron en un distanciamiento con agravios. Pero están hechos de una madera similar. La ex presidenta entendió que Alberto era la máscara adecuada para ofertar moderación y pelear los comicios. También y, sobre todo, de reagrupar al peronismo. El candidato descubrió la ocasión de ubicarse en un lugar que en su vida había supuesto. Así alumbró la reconciliación.

La campaña sirvió para desnudar otras rarezas. Cristina, la dueña de los votos, estuvo en un segundo plano. Fue, sin embargo, la oradora principal en varios de los actos que compartió con Alberto. Entró y salió de la escena según oscilaban los números de las encuestas. Su ocultamiento respondió a varios motivos. La ex presidenta posee una composición de pensamiento que muchas veces no concuerda con su delegado. Afloró en superficie varias veces. En especial, cuando la crisis de Venezuela se metió en el debate. O con la obsesión de Cristina respecto del papel del periodismo. La prescindencia de la doctora, de paso, pretendió aflojar la polarización que buscó el Gobierno. Un dato: Alberto criticó duramente a Macri; el Presidente no le respondió una sola vez.

El interrogante natural es saber si aquellas diferencias no aumentarían en el ejercicio del poder. Cuando Alberto deba, en hipótesis, hacer frente a la crisis económico-social apartándose, a lo mejor, de recetas progresistas. También en el momento que deba abordarse la situación judicial de Cristina en las causas por corrupción. La ex presidente tiene 13 procesamientos y 7 pedidos de prisión preventiva. No será sencillo el desmonte con una porción muy importante de la sociedad que enjuiciará cada movimiento.

La crisis económico-social y la corrupción (resumida también en la lucha contra el narcotráfico y las mafias) ocupó, alternativamente, la primera línea de la campaña. Aunque resultaron, de uno y otro lado, casi monólogos. Macri, Vidal y Rodríguez Larreta jamás aceptaron el desafío kirchnerista. Ni siquiera atinaron a defenderse con la herencia recibida. Una excusa ahora tardía. Ni un solo dirigente opositor, kirchnerista o peronista, por su parte, se animó a refutar el libreto oficial.

Quizás el golpe más certero fue lanzado por la gobernadora. En su afán por defender la difícil reelección lanzó una interpelación impactante al hablar sobre mafias y narcos en su territorio. “El peronismo gobernó allí 28 años. ¿Nunca en ese tiempo vio nada de eso?”, repitió. Sólo Axel Kicillof, el candidato de Cristina para destronar a Vidal, explotó de fastidio. Tal vez, por la impotencia ante la pregunta contundente.



Por Eduardo van der Kooy

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