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Miércoles 22 de mayo de 2019

Ocho y trece años, dos marcas del retroceso económico argentino

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Ocho y trece años, dos marcas del  retroceso económico argentinoOcho y trece años, dos marcas del retroceso económico argentinoPor debajo de un PBI al nivel de 2011 y de una industria al de 2007 hay un mundo de cambios. De nuevos hábitos y de empresas que crujen.

El año está jugado, al menos en un punto. Aun cuando todavía falten siete meses largos y el Gobierno apueste a una remontada para el segundo semestre, 2019 dará caída de la economía, dos al hilo y tres sobre cuatro en la gestión de Cambiemos.

Será eso y mucho más que eso. El PBI quedará al mismo nivel de 2011, esto es, estancado durante ocho temporadas y bien por debajo de 2011, si se computa el aumento de la población.

Dos marcas más dentro de la misma historia. La primera: de 2011 a 2015, segundo gobierno de Cristina Kirchner, a pleno y ya con Axel Kicillof al mando de la economía, la actividad apenas mejoró un 1,5% o resultó otra vez de signo negativo, estimada por habitante.

Con solo colocar el metro en el PBI industrial, salta impresionante la marca que sigue: canta que hoy el producto fabril es menor al de 2007, esto es, que el anotado 13 años atrás. Obviamente, no existe allí un solo rastro de la pregonada reindustrialización kirchnerista.

Son estadísticas y también representaciones bastante precisas de la realidad, del retroceso y del atraso. Y a la vez de unas cuantas cosas que generalmente los acompañan, como la profundización de las desigualdades sociales, la pobreza, las oportunidades desparejas y, al fin, el descontento. Las paga el macrismo, pero vienen corriendo hace rato.

Vista la crisis desde hoy y a través de las actividades productivas, la Argentina se asemeja a un país heterogéneo, bastante desintegrado, compuesto por islas de ganadores y perdedores. Entre los triunfadores, digamos que generalizando mucho, aparecen sectores agropecuarios, la banca, el petróleo y la minería, el turismo y las telecomunicaciones.

Según estimaciones hechas a mano alzada por un fuerte consultor de empresas, en ese espacio entraría el 25 o el 30% de la economía argentina.
Así no todo sea del mismo color está claro que en el otro, el ancho universo que va del 70 al 75%, los sectores y las actividades que peor la pasan son aquellas que dependen del consumo masivo. Que es como hablar de los ingresos reales de la población y de una variable que empuja dos tercios amplios del PBI o que deja de empujarlos si viene, tal cual viene, de mal en peor.

En cifras del especialista Guillermo Olivetto, el año pasado los salarios perdieron un 12% promedio del poder de compra. Y un 16% los ingresos de las familias, calculados como la suma de sueldos y cantidad de personas que aportan plata al hogar.

Las primeras estimaciones sobre el consumo de este año revelan caída del 7% en el primer trimestre, con algo menos en alimentos básicos. Considerables en cualquier caso, pues el registro de 2018 estuvo por debajo del 2%.

Nada que no sea a esta altura conocido, comienzan a cambiar los hábitos de consumo; el ahorro de electricidad ya está instalado y las primeras marcas son sustituidas por las segundas y la segundas por terceras, arrastrando en el camino gastos de las compañías. Unos y otros esperan a los sueldos nuevos y esperan, además, que la inflación no se los coma demasiado pronto.

Hay en este mundo empresas con el agua al cuello que están renegociando deudas; grupos alguna vez sólidos y tradicionales que se han vendido; créditos en dólares sólo para quienes generan dólares; concentraciones, y compras baratas de ocasión. Mandan las estrategias defensivas y salvo excepciones o beneficios fiscales, las inversiones esperan a que aclare.

Dice un analista que opera sobre todo en la industria: “También estamos asistiendo a cierta desestructuración de los procesos productivos. Es decir, piezas, partes e insumos intermedios que antes se traían de afuera para armar un producto final ahora tienden a ser reemplazados por el producto terminado. Lo cual significa en principio menos trabajo nacional”.

Lo único que le falta a esta economía es que no bien arranque de verdad choque contra la escasez de divisas, la también llamada dependencia del exterior. Para que se entienda mejor, la ecuación conocida dice que por cada punto que el PBI crece las importaciones aumentan entre tres y cuatro; luego, un razonable crecimiento del 3% implicaría un incremento en las compras del 9 al 12%.

Parece un notición entonces que desde septiembre el balance comercial haya virado a superávit, salvo por un detalle: el saldo salió sobre todo de la fortísima caída de las compras al exterior motorizadas, a su vez, por el duro proceso recesivo y el maxi ajuste del dólar. Frente a ese cuadro las colocaciones en el exterior subieron nada y ahí, en las exportaciones, está el salto que necesita pegar la Argentina.

Un dato muestra esa cara del retroceso: las ventas de 2011, pico histórico, superaron nada menos que en US$ 21.400 millones a las del año pasado. La gran diferencia se llama soja arriba de los 500 dólares en un caso y a 293 ahora. Pero no es fácil que la historia se repita, ni necesaria semejante dependencia de un único producto.



Por Alcadio Oña

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