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Miércoles 22 de mayo de 2019

Del atentado a la democracia a una venganza personal, en un viraje que mostró desinteligencias

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Del atentado a la democracia a una venganza  personal, en un viraje que mostró desinteligenciasDel atentado a la democracia a una venganza personal, en un viraje que mostró desinteligenciasEl caso pasó de un crimen mafioso a una venganza personal, con algunos resquemores entre los responsables de seguridad en el medio.

Seis tiros en la mañana. Un hombre muerto y otro -diputado nacional- que pelea por su vida en estado crítico. El asesino se baja como un chofer somnoliento que busca estirar las piernas y mira a su alrededor.

Muestra una parsimonia exasperante mientras una de sus víctimas ya ha muerto y la otra gatea, se pone de pie como un boxeador en shock y finalmente se derrumba. Al asesino que da pasos titubeantes, como un borracho al que se le perdió algo, sólo le falta sentarse a tomar mate en la vereda. Un ciclista se acerca y se va. Justo cuando llega un policía, el asesino escapa tranquilamente, casi por compromiso.

Lo acompaña otro hombre, más delgado y más joven, que primero va a descartar las seis balas que no usaron a dos tachos de basura y luego se sube al auto que termina en una cochera del barrio, ahí nomás. Entonces desaparecen.
La víctima que los asesinos tenían entre ceja y ceja era Miguel Yadón, el amigo del diputado. Él recibió al menos cuatro de los seis balazos que dispararon los asesinos. Yadón tenía una larga trayectoria como funcionario en La Rioja y Catamarca, casi siempre en áreas de energía y transporte.

Sin embargo, ninguno de sus avatares de funcionario -Yadón fue acusado de incumplimiento de los deberes de funcionario público en una investigación provincial que luego no avanzó- fue la causa del ataque. En la noche del jueves los investigadores ya manejaban la hipótesis de una venganza directa contra él por cuestiones de su vida íntima que involucraban a una hija del principal sospechoso.

Eso trascendió fuerte tras la detención de un cuñado del presunto asesino, que cayó por un motivo acaso trivial: tener un permiso para conducir el auto del que partieron los disparos.

La conmoción inicial fue cediendo luego de que se fueran descartando lentamente hipotéticas motivaciones políticas: con claridad surgió que el objetivo del ataque no había sido el diputado radical Héctor Olivares sino su acompañante. El personaje secundario de la primera noticia era el actor principal de los hechos verdaderos.

El diputado terminó siendo baleado no por oponerse a la re-reelección del gobernador riojano ni por tratar temas contra los barrabravas sino por caminar del lado más cercano al cordón de la vereda y quedar justo entre los atacantes y su amigo Yadón, que era el único objetivo de los asesinos.

El Gobierno reaccionó el jueves temprano con un discurso breve del Presidente cuando aún todo era dudoso. Y hubo alguna incomodidad en funcionarios de la Ciudad y de la Provincia por el protagonismo que tomó a primera hora la ministra de Seguridad Patricia Bullrich.

Ella habló de “pelear contra estas mafias que atentan contra la democracia” y sus palabras pusieron en alerta roja a todo el país.

Fue así: antes de las 10 de la mañana, funcionarios nacionales dijeron que el auto de los asesinos estaba sumando multas por exceso de velocidad en la ruta 2. Los asesinos escapaban a la Costa Atlántica o aún más allá.

La Provincia de Buenos Aires entró en alerta y a las 10.24 hubo un mensaje al grupo de WhatsApp de todos los ministros de Seguridad de la Argentina. “Se procede a irradiar alerta por hecho de sangre en ámbito capitalino”, decía el texto, acompañado por la foto del prófugo. Ahí se pedían controles en las rutas de todo el país y empezaron a pararse y a revisarse varios Volkswagen Vento.

Falsa alarma. Alguien cotejó luego que esas boletas por exceso de velocidad eran de 2017. Ahí pareció ponerse al frente de la investigación el equipo de Diego Santilli en la Ciudad. “Bullrich se apuró. Por un momento pensamos en otra fuga como los del triple crimen de Cipolletti”, contó uno de los ministros que recibió ayer el alerta nacional.
El auto no viajaba a la Costa sino que estaba a pocos metros de donde fueron los balazos.

Sin embargo, los prófugos sí viajaban por el país e incluso al exterior. Juan Fernández, el principal sospechoso, terminó detenido en Entre Ríos, adonde llegó en un Renault 19 quizá en aquellas primeras horas de la investigación en que los controles camineros buscaban un Volkswagen Vento.

Juan José Navarro, el otro sospechoso -sería aquel joven del video que descartó las balas sin usar en los tachos de basura- cayó en Uruguay. Había cruzado en la madrugada también desde Entre Ríos, por el puente Colón-Paysandú.

Fiel a su personalidad y a sus convicciones, Patricia Bullrich salió este viernes tan temprano como el día anterior, pero con la versión ajustada a la nueva información: “El caso ya está esclarecido y no es un crimen político”, anunció, ya muy lejos de las “mafias que atentan contra la democracia” de 24 horas antes.

Sin embargo, buscó una fórmula que no la hiciera lucir tan alejada de su primera versión: “Todo el clan mafioso de gitanos fue detenido”, dijo. De mafias a clan mafioso. Seguro le sonó mejor para anunciar el viraje que había dado el caso.



Por Héctor Gambini

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