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Domingo 19 de mayo de 2019

La “prueba ácida” de Cambiemos

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La “prueba ácida” de CambiemosLa “prueba ácida” de CambiemosLa coalición es una maquinaria electoral muy eficiente. ¿Lo será en un contexto de crisis?

Cambiemos, la coalición oficial, está atravesando una experiencia inédita. Enfrenta su tercera elección –la segunda presidencial- en un contexto global bien desfavorable. Distintos a los que supo encarar en 2015, cuando destronó a Cristina Fernández, y en 2017.

En dichas legislativas sacó provecho al último soplo del gradualismo económico y al protagonismo de la ex presidenta, por entonces enlodada con numerosas causas de corrupción. Todavía no había estallado el escándalo de los cuadernos de las coimas.

La sociedad entre el PRO, el radicalismo y la Coalición Cívica se amalgamó como una maquinaria electoral. No funcionó de igual manera en los momentos de la gestión.

En ese rubro, muchas decisiones de Mauricio Macri no respetaron el derrotero natural de cualquier gobierno entendido como un colectivo pluripartidario. La primera chispa saltó por la pretensión de designar por decreto a dos nuevos miembros de la Corte Suprema. Finalmente, después de un retroceso del ingeniero, las incorporaciones de Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti al máximo Tribunal cumplieron con los requisitos institucionales.

Cambiemos respetó en su bautismo el liderazgo indiscutido de Macri. Supo engranar un proceso electoral que, paso a paso, lo terminó colocando en el balotaje decisivo. Recreó con un mensaje esperanzador y pocas pinceladas políticas las expectativas de una mayoría de la sociedad que asomaba hastiada tras una prolongada década de kirchnerismo. La figura de Cristina representó, por otro lado, un aporte inestimable.

La ex presidenta continúa siendo para Cambiemos el principal activo cuando restan casi ocho meses para las elecciones. Pero el Gobierno carga ya con su propia herencia. Que en materia económica le resulta extremadamente difícil de explicar en campaña. El cambio del ecosistema y las fisuras que se advierten en la coalición espolean el enigma principal: ¿podrá continuar siendo Cambiemos aquella eficiente cosechadora de votos que fue? Habrá que ver cómo atraviesa, si lo logra, su prueba ácida.

En los últimos días fue posible detectar tres señales inquietantes. Un atisbo de discusión interna en torno de la conducción de Macri. El desacople, también, para hacer frente a un calendario electoral desgranado que le supo imponer la oposición. Fue desde el PJ que nació la idea de despegar los comicios de casi todas las provincias de la votación nacional. Por último, habría síntomas de debilidad en la determinación de apostar por aliados circunstanciales, antes que por candidatos propios, en los primeros exámenes. Sucedió el domingo último en Neuquén, donde la rotunda victoria de Omar Gutiérrez, del Movimiento Popular Neuquino (MPN), produjo alivio en la Casa Rosada.

Causaba pavura la hipotética victoria del kirchnerista Ramón Rioseco en el suelo de Vaca Muerta. Poco interesó el tercer puesto remoto del postulante oficial, Horacio “Pechi” Quiroga.

La situación podría volverse crítica en Río Negro, si la Corte Suprema no convalida la re-reelección de Alberto Weretilneck. Cambiemos dejó olvidado allí a su delfín, el diputado del PRO, Sergio Whisky. Talla el kirchnerista Martín Soria.

La coalición oficial habría desistido también de plantear lucha en Tierra del Fuego, contra la mandataria peronista Rosana Bertone. El listado podría continuar. Aquella insinuación desafiante a la figura de Macri surgió de boca del ex ministro de Economía, Martín Lousteau. Planteó la chance de competir en las PASO. Lo hizo mientras compartía en febrero la gira presidencial por Asia. Podría hablarse de un exacto sentido de la inoportunidad.

La cuestión abrió una discusión entre los mismos radicales. Al titular de la UCR, Alfredo Cornejo, no le sonó desatinada la propuesta de Lousteau. Pero quedó sólo. El gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, sostuvo dos veces en apenas cinco días que el “candidato de Cambiemos es y será Macri”. Coincidió con el resto de la dirigencia partidaria. Quedó en las orillas del tablero la UCR porteña. Allí los piolines siguen siendo movidos por un incansable veterano: Enrique “Coti” Nosiglia.

La reacción de Cornejo nada tendría que ver con la de este dirigente: el mendocino está fastidiado porque el PRO le entorpece la interna con un candidato macrista. Se trata de Omar De Marchi, detrás de quien estaría –según las malas lenguas- el aliento del ex vicepresidente Julio Cobos.

Morales es ahora, junto al diputado Mario Negri, el principal puntal que Macri halla dentro del intrincado mundo radical. Sellaron una alianza personal y política que tuvo un punto de partida: la detención y los juicios en Jujuy contra la ex jefa del movimiento Tupac Amaru, Milagro Sala. En los momento difíciles, cuando el caso resonó en organismos internacionales de derechos humanos, el Presidente multiplicó su respaldo al gobernador.

Morales no sólo cuestionó la posibilidad de plantear una disputa electoral interna en Cambiemos. Con cuidado también deslizó la inconveniencia de conjeturar con eventuales planes B. Prefirió no hacer nombres. Aunque habría aludido a María Eugenia Vidal. A la mandataria de Buenos Aires la suelen promover desde núcleos disidentes de la UCR. Ella se despega de esas intenciones cada vez que tiene oportunidad.


Eduardo Van Der Kooy

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