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Martes 14 de agosto de 2018

El Estado debe acompañar a las mujeres en la interrupción de un embarazo

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El Estado debe acompañar a las mujeres en la interrupción de un embarazoEl Estado debe acompañar a las mujeres en la interrupción de un embarazoSin dudas el año 2018 será recordado como el momento en el que la agenda de la salud pública en la Argentina tomó un lugar fundamental. No solo en los medios de comunicación masivos, sino en las calles, en las escuelas y en todo ámbito social.
El envío por parte del Poder Ejecutivo del proyecto de ley de interrupción del embarazo y la sola mención por parte del Presidente de la palabra “aborto” en el discurso de apertura de sesiones ordinarias en el Congreso de la Nación son dos hechos inéditos en nuestra historia como país.

Más aún si se toma en cuenta que el partido de gobierno y sus principales funcionarios, incluido el Presidente, se manifestaron abierta y públicamente en contra. No obstante, el proyecto se envió, se aprobó en Diputados con total libertad de conciencia y en horas más se define si será ley o no. Sin lugar a dudas, sea cual sea el resultado, se puede afirmar que la sociedad en su conjunto se benefició.

Un tema del que no se hablaba fue tapa de diarios y ocupó minutos en la televisión. Se hizo visible un reclamo de años y se expuso una problemática social, cultural y sanitaria que allana el camino a futuras soluciones.
Como médico obstetra, mi trabajo se basa fundamentalmente en traer bebés al mundo.

En mi especialización, la fertilidad, busco ayudar a formar familias. Estudié desde chico y me preparé para que aquellos que quieren y no pueden tener hijos tengan una posibilidad, siempre pensando en la planificación familiar, en las ganas de una pareja de dar el próximo paso y convertirse en padres. La interrupción del embarazo se ubica, solo por definición, en las antípodas de mi pensamiento y mi desarrollo dentro de la medicina. Sin embargo, es necesario tener una visión más amplia, no tan egoísta y más crítica para comprender este fenómeno que no deja a nadie sin involucrar.

El debate en torno a la despenalización del aborto nos interpela como sociedad, incluso nos divide y deja de lado la inmejorable situación en la que estamos: poder debatir, con respeto, y hablar de un tema tabú pero del que todos sabemos algo.

La interrupción del embarazo tiene innumerables complejidades y atraviesa conceptos filosóficos, científicos y religiosos. La cuestión social también juega un papel fundamental, ya que las mujeres que cuentan con menos recursos terminan exponiéndose a un riesgo de vida mucho mayor que aquellas que tienen la posibilidad de hacerlo con un profesional. Si bien no hay estadísticas oficiales por tratarse de una práctica ilegal, se cree que solo el 20% de las mujeres pobres puede tener un aborto seguro.

El porcentaje sube al 60% en la clase media y a un 83% en la clase alta. Los números muestran que, una vez más, las desigualdades socioeconómicas matan. De cualquier forma el aborto es una cuestión que atraviesa clases sociales, incluso en algunos sectores genera un doble discurso propio de nuestro país.

A lo largo de mi trabajo en hospitales públicos pude ver las complicaciones que un aborto clandestino generan en una paciente sana. Todavía recuerdo los primeros casos que viví y que dejaron una sensación imborrable en mi memoria profesional. Hoy en día, desde mi trabajo como médico y mi rol como funcionario público, creo que debemos fortalecer el sistema de salud de todo el país. Tenemos la obligación de generar igualdad de posibilidades en cuanto a la atención y al cuidado de cada paciente.

Tanto física como psicológicamente el Estado debe acompañar a las mujeres a pasar sin problemas la estresante situación de someterse a una interrupción de un embarazo, sea por el motivo que fuera.

En mi caso particular y por mi formación, jamás podría llevar adelante un aborto. Pero dejando valores e ideas personales a un lado, considero que es necesario y justo despenalizar esta práctica.

Pero que ello no se transforme en un derecho adquirido ni mucho menos. Sino que sea el inicio de un plan que agregue a la planificación familiar como pilar de la educación sexual de nuestros chicos. Que además se promueva la difusión de métodos anticonceptivos, una conducta sexual responsable y un conocimiento del cuerpo que sea acorde a los tiempos que corren.

Sin dudas este año será recordado por el tratamiento de esta ley. El pañuelo verde y el celeste seguirán siendo símbolos de dos posturas, de dos pensamientos que al final del día buscan lo mismo: que ninguna mujer muera y que sin importar clase social puedan acceder a lo mismo.

Por Sebastián Neuspiller

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