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Martes 16 de octubre de 2018

El impacto de la crisis será menor que en la recesión de 2009

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En nuestra más reciente investigación (todo el país, todas las clases sociales, 1000 casos, 3% de margen de error), realizada entre el martes 14 y el jueves 31 de mayo, es decir, poscorrida cambiaria, uno de los principales hallazgos es que no hay en la sociedad argentina ni vocación destituyente ni deseos de inmolarse.
El 67% quiere que al Gobierno le vaya bien.
En marzo ese valor era del 68%. Más allá del miedo, la bronca o la decepción que sí se registran en una parte de la población, sólo el 15% quiere que le vaya mal.

El resto duda. El mensaje de la gente es que ya habrá tiempo para votar y elegir en 2019. La abrumadora mayoría pretende llegar a esa instancia con tranquilidad y sin nuevos sobresaltos.

Es sobre esta condición estructural que debemos trazar los potenciales escenarios futuros. Resuelta la crisis financiera, ahora el foco estará puesto, sin dudas, en la dinámica de la economía real y en su impacto sobre el clima social. Hay pronósticos de todo tipo. Algunos moderados y otros apocalípticos.

Cuando se mueven todas las variables, es útil recurrir a dos cosas: los números y la historia. El año se dividirá en tres etapas: enero-abril, mayo-septiembre y octubre-diciembre. La primera tenía indicadores claramente positivos, que en su momento muchos juzgaron mediocres y que, por un tiempo, serán añorados.

La segunda es la que más incertidumbre presenta, dado que se mezcla la inercia positiva de la primera etapa con los efectos de la devaluación. ¿Cuánto será el impacto real sobre los precios y el nivel de actividad?

En la tercera habría algo más de poder adquisitivo, dado que los acuerdos de revisión salarial estaban previstos para esos meses.
De acuerdo con el índice general de actividad económica que elabora la consultora de Orlando Ferreres, hasta abril la economía creció 3,8%. De los 14 sectores del consumo que monitoreamos en Consultora W, 12 mostraron crecimiento, uno quedó empatado y solo uno mostró contracción.

La “foto” era prácticamente la misma que en 2017. Bienes durables, construcción y turismo “volando” a doble dígito, consumo masivo con dificultades pero habiendo encontrado un piso -el cuatrimestre cerró igual que el año anterior, de acuerdo con la medición de Kantar Worldpanel- y el sector textil con caída del 3,3%, según CAME.

Las proyecciones más recientes de múltiples economistas, bancos e incluso del Gobierno señalan que la variación del PBI oscilará entre +0,8% y +1,4% anual. Eso marca tres cosas. 1) Será mucho menos que lo previsto (entre 2,7% y 3,5%). 2) El impacto del freno en el nivel de actividad comenzará a percibirse de manera creciente en los próximos meses. 3) No están hablando de caída, sino de dos trimestres más “fríos”.

Por supuesto, cualquiera que produce y vende algo siempre mira hacia adelante, no hacia atrás. Lo que pasó por la caja ya está en otra parte. El cierre del mes y el presupuesto por venir interesan mucho más que el cierre anual.

De todos modos, conviene no perder la perspectiva. Y ahí es donde cobran relevancia el recuerdo y el análisis de la historia reciente.

En la última década, la Argentina atravesó cuatro años con contracción de su economía: 2009 (-6%), 2012 (-1,1%), 2014 (-2,6%) y 2016 (-2,2%). De todas ellas, la más grave y la que más puntos en común tiene con el contexto actual es la de 2009. Se originó en un fenómeno de alto impacto financiero a nivel global -crisis de las hipotecas- y se combinó con un suceso local muy grave -una terrible sequía que hizo caer la cosecha un 35% (de 96 a 61 millones de toneladas).

En simultáneo se dio aquella extrañeza de la gripe A, que trajo paranoia en la sociedad. Y, por si fuera poco, el precio de la soja cayó un 45%.
Corolario: la economía tuvo una fortísima recesión y el desempleo pasó del 7,3% en el cuarto trimestre de 2008 a 9,1% en el tercer trimestre de 2009.

En 2010 la sequía había quedado atrás y la economía recuperó su dinámica. Volvimos a los 95 millones de toneladas y el PBI se expandió 10,4%. Las ventas de autos crecieron 32%; motos, 52%; electrodomésticos, 54%, e inmuebles, 24%.

Naturalmente, esos cambios impactaron en la política. En enero de 2010, de acuerdo con la medición de Poliarquía, la imagen negativa del Gobierno era 50% y la positiva, 21%. Entre julio y agosto de ese mismo año ambos indicadores estaban prácticamente empatados.


Por Guillermo Oliveto

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