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Lunes 23 de octubre de 2017

Padres, redes y adolescentes

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Padres, redes y adolescentesPadres, redes y adolescentesLo sucedido en el Colegio Nacional de La Plata pone sobre la mesa, una vez más, la enorme dificultad que implica en nuestros tiempos la tarea de ser padres.

¿Cuánto sabemos y hasta dónde realmente conocemos a nuestros hijos?

En 1995, Nicholas Negroponte, en su libro Ser digital, mencionaba la existencia de dos mundos. El “mundo de los átomos”, es decir, la realidad física que conocemos, y el “mundo de los bits”, ese mundo de lo digital, lo electrónico que estaba iniciándose.

Hoy esos dos mundos se solapan y son casi inescindibles. De esta manera, nadie que siquiera mínimamente conozca, entienda e interactúe con las herramientas de ese mundo digital puede dar una respuesta válida a la pregunta anterior.

No hacerlo, no tener cierta presencia en esos espacios es el equivalente en el mundo físico a dejar a nuestros hijos solos, a oscuras en un lugar extraño y repleto de desconocidos. Es no estar, es de alguna manera no ser padres y madres.

Desde luego, esto representa un enorme desafío y además no hay recetas. Pero una posibilidad es utilizar el mismo modelo de relacionamiento en el que se basan internet y las redes sociales, aplicado a las familias. Así, por ejemplo, podríamos conformar redes de atención temprana con tres o cuatro familias, de modo que cada una de ellas observe y preste atención a sus hijos, pero especialmente a los hijos de las otras familias.

¿Qué ventaja tendría este modelo?

En primer lugar, multiplica las perspectivas, dado que, en una red de cuatro familias, sobre cada adolescente habría tres miradas (familias) distintas observando.

Pero, además, teniendo en cuenta las particularidades físicas y emocionales que implica la adolescencia, este mecanismo puede hacer que nuestros hijos se sientan mucho menos invadidos, menos agobiados. No sería extraño ni la primera vez que los jóvenes se lleven mejor o tengan más empatía con el padre o la madre de su mejor amigo que con los suyos propios.

Y finalmente, evitaría el sesgo de lo cotidiano. Esto se presenta hacia adentro de la propia familia, que, al convivir y estar en contacto diariamente, al contrario de lo que podría suponerse, es la que menos se percata de las señales que pudieran ir presentándose.

En un mundo tan cambiante y pleno de incertidumbre, ser padres o madres es un aprendizaje constante y cada vez más complejo, pero la ausencia no es una alternativa.

Por Alejandro Batista

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