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Lunes 23 de octubre de 2017

Castrozuela

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Nicolás Maduro cumplió el ritual, si es que le faltaba alguno, que lo inviste para siempre como dictador y en el país que mal gobiernaNicolás Maduro cumplió el ritual, si es que le faltaba alguno, que lo inviste para siempre como dictador y en el país que mal gobiernaCon alevosía, Nicolás Maduro cumplió el ritual, si es que le faltaba alguno, que lo inviste para siempre como dictador y en el país que mal gobierna.

El grito de auxilio y la exclamación: “Se están llevando a Ledezma”, repetida una y otra vez, recorrió el cuerpo y el alma de toda persona comprometida con la libertad como si fuese una potente descarga eléctrica. En particular, a aquellos que han tenido la experiencia de ser despertados en la madrugada por la policía política para terminar arrojados en un pavoroso calabozo.

Con alevosía, Nicolás Maduro cumplió el ritual, si es que le faltaba alguno, que lo inviste para siempre como dictador y en el país que mal gobierna. Ha finiquitado la metamorfosis que se inició en 1998 con Hugo Chávez, contaminado de castrismo y que concluye con la imposición de la espuria Asamblea Nacional Constituyente.

Una nueva Constitución le permitiría al chavismo institucionalizar la represión y la violación de los derechos humanos, tal y como ocurre en la isla convertida en finca de la dinastía Castro. Derechos como el de la propiedad, expresión, asociación y hasta viajar, estaría a la discreción de funcionarios políticos y las organizaciones de la sociedad civil, quedarían en teoría y práctica anuladas.

La libertad de profesar una religión será afectada, al igual que la educación formal. La tolerancia a la diversidad desaparecerá y la crispación social conducirá al individuo a la masificación y al sectarismo, lo que genera una sociedad de víctimas y victimarios.

El virus del castrismo se mimetizó en la tierra de El Libertador. La ambición de perpetuarse en el poder y la miopía, en el mejor de los casos de otros, han hecho posible que un sistema fracasado en todos los países en los que ha accedido al poder y que se caracteriza por ser sólo eficiente en la represión, haya logrado concretarse en Venezuela.
Un análisis de la situación nacional permite apreciar que las condiciones están dadas para instrumentar un control social y político sin precedentes en el país y fortalecer la clase dirigente que en los últimos años ha conducido la nación.

Desde hace tiempo se aprecia que las fuerzas represivas han madurado en su maligna gestión. No tienen el más mínimo reparo en matar, herir y golpear brutalmente a los que reclaman sus derechos. El número de prisioneros políticos se ha incrementado sustancialmente. Las Fuerzas Armadas juran estar comprometidas con el castrismo, compromiso que sellan con la expresión “socialismo o muerte”. La economía está en niveles de subsistencia, lo que permite el fortalecimiento de una política de premiar o castigar según los casos. La cantidad de personas que abandonan el país crece incesantemente, lo que patentiza que una cuantiosa cosecha de desesperanza y falta de confianza de que se logre revertir la situación está a la vista.

La infección puede ser aún más devastadora que en Cuba, porque el castrismo original ejerció, en las primeras décadas de su incubación, un férreo control sobre las partes contaminadas. La corrupción, específicamente el narcotráfico, siempre estuvo limitada a un grupo de personas. Solamente los elegidos podían disfrutar de ciertos conocimientos y beneficios.

Sin embargo, en Venezuela no es así. Chávez y Maduro dejaron apreciar a sus allegados que cualquier forma de corrupción era permitida siempre y cuando fueran incondicionales a sus jefaturas. Por eso Mitzy Capriles, esposa de Antonio Ledezma, califica a Maduro como narcodictador y el gobierno de Estados Unidos sancionó, entre otros, al vicepresidente Tareck el Aissami como narcotraficante y el segundo al mando del partido de gobierno, una especie de Raúl Castro, Diosdado Cabello, fue investigado por tráfico de drogas y varios generales de los institutos armados han sido señalados como miembros del Cártel de los Soles.

No obstante, en el caos y el contagio incontrolado de los vicios del régimen puede radicar su vulnerabilidad. La evidente falta de disciplina de la jerarquía puede conducir a la anarquía y al fraccionamiento, formándose caudillos que sólo defiendan sus intereses más inmediatos.

Es un hecho que el gobierno venezolano es dirigido por un grupo de delincuentes que incursiona en la política y no de políticos que delinquen. Por otra parte, la oposición, que cuenta con amplio apoyo popular, ha demostrado tener los valores y la coherencia que le faltan al gobierno, y aunque quebrantada por el poder del Estado, tiene una estrecha conexión con el pueblo, lo que le permite seguir fortaleciéndose para nunca dejar de ser una alternativa de cambio siempre y cuando tenga la habilidad y la entereza de seguir interpretando las demandas populares.


Por Pedro Corzo

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