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Viernes 18 de agosto de 2017

Los riesgos de trivializar también la pobreza

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altaltLa publicación periódica de los informes del Laboratorio de la Deuda Social de la UCA -y ahora también del Indec- sobre los alcances de la pobreza estructural generan una conmoción que deja al desnudo nuestras miserias colectivas.
En algunos de buena fe, por la ansiedad fundada en el supuesto que en solo un año de gestión y de rectificaciones indispensables pero socialmente costosas se pudo haber resuelto un problema acumulado desde hace por lo menos medio siglo.

En otros de mala fe, por la actitud chantajista de preguntarse cuando estábamos mejor: si antes de diciembre de 2015 o ahora; omitiendo que por entonces la pobreza era solo cuatro puntos inferior. La misma mala fe de haberla negado colocándola en niveles por debajo de los de Alemania. El gobierno, por su parte, debe hacerse cargo del efecto contraproducente de ciertas consignas de campaña como la “Pobreza cero”.

Curiosos descubrimiento y desvelo. La pobreza ya estaba ahí en los albores de la democracia. Era cuestión de transitar por la calle o viajar en un transporte público para advertirla. A treinta años de distancia, todas esas postales lucen sensiblemente agravadas. Pero, además, estuvieron los grandes revulsivos sociales sin precedentes en nuestra historia como nación moderna de 1989 y 2001.

Y luego, sus exteriorizaciones menos masivas pero igualmente acechantes como la aparición de fogoneros y piqueteros en las cuencas petroleras desde 1996 –luego extendidos al GBA-, la difusión de cartoneros desde fines de los 90, las tomas masivas de tierras como la del Parque Indoamericano, o los saqueos de 2012 y 2013. Cuando se producen, estos revulsivos suscitan, a su vez, las reacciones esperables. Oficialistas e indignados acusan a la “vagancia” procedente del parasitismo de las políticas subsidiarias; opositores oportunistas los justifican en nombre de situaciones desesperantes que no admiten dilaciones. Ambos se turnan en cada coyuntura según su situación de poder.

A la manera de un consuelo se suele escuchar que, por lo menos, ahora tenemos conciencia del problema. Cabe preguntarnos también en que consiste y hasta donde llega esa conciencia. La historia de los últimos años exige, al menos, algunas reservas. Por de pronto, existen a simple vista algunos riesgos.

En primer lugar, las de nuestra incorregible inclinación por trivializar y desnaturalizar conceptos idóneos reduciéndolos a consignas huecas. Sobran los ejemplos: “derechos humanos”, “institucionalidad”, “políticas de Estado a largo plazo”, “cambios estructurales”, “grandes consensos colectivos”, “educación”, etc. Ojala que el concepto de “pobreza” no se encamine en el mismo sentido.

Luego; una estribación de lo anterior: la reducción del fenómeno a un dato estadístico según variables relativas, pasibles de grandes discusiones técnicas entre oficialistas y opositores de turno. Por último, entre muchos otros, el riesgo de evaluar a la pobreza según indicadores vaciados de contenidos socioculturales. Por último, el de su idealización romántica teñida de adulación demagógica.

Un camino alternativo procedería de una reflexión profunda, responsable y comprometida menos en combatir a “la pobreza” que en asistir a segmentos específicos de millones de compatriotas afectados por problemas concretos como la trata, la marginalidad juvenil, la falta de vivienda o de infraestructura urbana, la discriminación espacial, etc. que deben ser atendidos desde políticas superadoras, de una buena vez, de las de emergencia. Útiles para apagar los incendios y generar condiciones mínimas de subsistencia; pero ineficaces para reconstruir el edificio de una sociedad de veras inclusiva.




Por Jorge Ossona

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