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Martes 21 de noviembre de 2017

La hora del populismo

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Donald Trump, presidente de Estados UnidosDonald Trump, presidente de Estados UnidosEn las últimas semanas, corrieron ríos de tinta referidos al reverdecer del populismo, en especial a partir del ascenso al poder de Donald Trump en Estados Unidos. Inclusive, en medio de ese caudal impetuoso, apareció una columna de Malamud que advierte que, ante la disyuntiva estratégica de las elecciones intermedias, “es un mal momento para salir del populismo”.
En otras palabras, hoy no le convendría al Gobierno dejar atrás un sistema de acumulación política basado en satisfacer crecientes demandas de protección mediante prestaciones sociales o reivindicaciones nacionalistas. En el primer plano, una aplicación reciente de esta estrategia sería la ley de emergencia social acordada con la CGT y los movimientos sociales. En el segundo, las políticas de endurecimiento migratorio impulsadas por el Ministerio de Seguridad.

La idea de que “los vecinos” (Mauricio Macri), “el pueblo” (Cristina Kirchner) o “la gente” (Sergio Massa) hoy valoran más la protección que la búsqueda de oportunidades retrotrae en alguna medida a los tiempos del feudalismo. No en su versión más cerrada del siglo VIII pero sí en el formato más evolucionado de los siglos XI y XII, cuando los distintos señoríos mantenían relaciones con el mundo exterior, en especial a raíz de la compra y venta de mercancías. La esencia del contrato feudal era la protección física.

En aquellos tiempos, el resguardo contra las invasiones de diferentes pueblos de la época, eslavos, vikingos y musulmanes, entre otros. Nueve siglos más tarde, aquellas demandas de seguridad básica, satisfechas en su momento por los caballeros medievales, no cedieron sino que, por el contrario, mutaron en complejos esquemas de asistencia social, subsidios al consumo, así como en sofisticados sistemas tecnológicos de control del territorio.

En tal sentido, el contrato básico de protección a cambio de tierra entre el barón feudal y sus vasallos se convirtió en la actualidad en un modelo donde el Estado satisface demandas a través de sus órganos de asistencia social, defensa y seguridad. Traducido en cifras, Argentina hoy gasta (o invierte) en la asignación universal por hijo y embarazo 3.800 millones de dólares anuales. Asimismo, Trump proyecta un muro en la frontera de Estados Unidos con México cuyo valor está estimado en 8 mil millones de dólares.

De igual modo, Argentina emprendió en 1982 una guerra contra el Reino Unido por la recuperación de Malvinas que, a moneda de hoy, hubiera costado alrededor de 1.200 millones de dólares. Es decir, más allá del valor político de cada uno de esos proyectos, vale recordar que cualquier dispositivo moderno de protección social u orientado a agitar el nacionalismo tiene un costo. Y la capacidad de sustentarlo dependerá de las posibilidades o las oportunidades de cada país en particular.

Señores feudales
débiles y poderosos

Los actuales líderes políticos, algunos devenidos en señores feudales en tiempos de esplendor populista, tienen dos opciones a la hora de diseñar o perfeccionar sus sistemas de protección. En primer término, al estilo de Noruega, garantizando los gastos sociales presentes y futuros con la renta de un producto predominante de sus exportaciones como el petróleo. El ingreso anual de 17.600 dólares per cápita en concepto de exportaciones de ese producto bien se los permite. En segundo lugar, a lo Trump, construyendo el muro fronterizo con México a partir de un impuesto sobre las importaciones procedentes de aquel país, hoy estimadas en 291 mil millones de dólares anuales. O sea, un escenario donde el propio mercado interno americano soporta la carga de esa polémica iniciativa nacionalista.

Dentro de tal esquema, hay países en condiciones de sustentar políticas de protección o de exaltación nacionalista por vía de recursos económicos abundantes. Japón, con un mercado interno tan vigoroso como el de Estados Unidos, igual vende al exterior 5.600 dólares anuales per cápita. Australia, con fuerte incidencia de su demanda doméstica, exporta de todos modos 10.500 dólares anuales por cabeza. Canadá, Francia y Reino Unido, si bien con mercados internos en proporción más pequeños, exportan 12.800, 8.600 y 7.300 dólares anuales por habitante. Inclusive, nuestro vecino Chile tiene en la actualidad una factura exportadora de 4.500 de dólares anuales per cápita, con el telón de fondo de un mercado local en crecimiento.

En ese plano comparativo, Argentina, al igual que nuestro socio Brasil, no tiene cómo sostener en el tiempo aquellos sistemas de protección con una factura de exportaciones que apenas alcanza 1.500 y 1.100 dólares anuales por habitante. Menos en el marco de tres años de estancamiento del mercado interno de ambos. Más aún, si Argentina pretendiera encarar el trasnochado programa de radicalización del populismo que sugería un funcionario argentino en 2013, pongámosle a través del reparto del 100% de los recursos originados por las exportaciones agropecuarias, ello arrojaría un cheque anual de 1.100 dólares per cápita. No mucho más que un pasaje en turista a Miami. “Con una buena cosecha nos salvamos todos”, decía años atrás uno de los protagonistas de “Plata Dulce”. Con el barril de petróleo a 52 dólares y la tonelada de soja por debajo de los 400 dólares, nada más alejado de la realidad que esa frase.

Sin embargo, Malamud tiene razón en su argumento puntual. El Gobierno puede armar una ingeniería eficaz para una solución electoral de corto plazo. Pero no sería más que un esquema de populismo efímero y de baja intensidad. Para construir algo más sólido, hoy el Gobierno no tiene con qué. Superar aquellos obstáculos estructurales exige, además de una estrategia política, una planificación económica que nos suba en dos años al tren de Chile con un ojo puesto en Australia. ¡De mínima!

También reconocer con urgencia que Trump es una extraordinaria posibilidad para Argentina. Ello vale para el oficialismo o para quien emerja como aspirante al poder después de octubre. Hasta ahora, el panorama es desolador. Quienes conducen ahora están empantanados. Quienes lo hicieron ayer no paran de desfilar por los tribunales argentinos y brasileños. A pesar de ello, estamos varios peldaños por arriba de Brasil. Aquí más al sur estamos mirando al futuro con más optimismo, la alegría ya no es brasileña.

Por Daniel Montoya

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