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Jueves 19 de enero de 2017

Cuando la normalidad es toda una anormalidad

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Un año es demasiado tiempo cuando el viento de la historia empieza a rotar y soplar con intensidad.
Los cambios de época son así, a veces imperceptibles, a veces demasiado ruidosos, generalmente irreversibles. Traen sedimentos sólidos de situaciones económicas, políticas, sociales y culturales que se han ido acumulando.

Acá mismo hace un año Mauricio Macri debutó como primer presidente constitucional nacido fuera del peronismo y del radicalismo. El primero de un partido del siglo veintiuno.

El primero en armar un Gobierno en el que ni él, ni su vicepresidenta, ni su jefe de Gabinete ni su ministro del Interior son abogados. El primero sin un ministro de Economía. El primero varias veces millonario antes de entrar en la Casa Rosada y no al dejarla. Ni estatista. Ni liberal. El primero divorciado y vuelto a casar. El primer porteño, de los últimos 80 años. Cambio de época.

Pero el mundo que Macri imaginó entonces tampoco es el mismo al finalizar su primer año. Como diría Andrés Malamud, el Presidente cuya máxima aspiración es hacer de un país de excepciones, un país normal, empieza a enfrentarse a un mundo muy poco normal, que se parece casi nada al que creíamos conocer hace 365 días.

Algunas enumeraciones: los británicos decidieron irse de la Unión Europea y pusieron a temblar al mundo; el outsider megamillonario populista Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos esponsoreado por el antinorteamericano Vladimir Putin; asoman y crecen nuevos populistas europeos de derecha y declinan populistas latinoamericanos de izquierda, y la expansión china no cesa, pero muestra inquietantes fragilidades financieras que le ponen más incertidumbre a todo.

Acá cerca tampoco nos salvamos: Brasil perdió a su primera presidenta mujer y volvió a sus inestabilidades políticas, a su estancamiento económico y a dejar vacante el liderazgo regional; Chile muestra grietas económicas, políticas y sociales después de 30 años de crecimiento, y en Uruguay hasta se pone en discusión una de sus señales de identidad, como es el laicismo. El último Shangri-La de liberales y progresistas argentinos tal vez ya no será lo que era si la prédica del cardenal oriental Daniel Sturla tiene tanto éxito como su campaña para que se instalen en los balcones montevideaños carteles de profesión de fe católica, al grito de “Hay que sacarse el balde del laicismo que nos metieron hace 100 años”.

El mundo está dejando de ser normal demasiado cerca de nosotros. Justo cuando por primera vez en más de un siglo pretendemos ser un país normal. Una verdadera anormalidad.


(Editorial diario La Nación, Bs. As.)

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